Tu experiencia no sustituye la dependencia de Dios
El pastor Martín Manchego advierte que saber predicar o aconsejar puede volverse el motivo para orar menos.
Al principio orabas por todo; hoy ya «sabes cómo». Ese es el riesgo que Martín Manchego describe en No dejes que la experiencia reemplace tu dependencia de Dios, artículo de Coalición por el Evangelio.
Manchego sirve como pastor en Lima y no desprecia la experiencia. La llama una herramienta excelente y sostiene tres ideas: el crecimiento también es un regalo de Dios; la experiencia no debe ocupar el sitio de la confianza en Él; y nuestra suficiencia sigue viniendo de Cristo.
Termina con una frase que vale la pena repetir: «Que nunca llegue el día en que aprendamos a hacer de pie lo que antes solo sabíamos hacer de rodillas». Estoy de acuerdo con él, y quiero empujar la idea un poco más lejos.
«Ninguna etapa te gradúa de la vid.»
Una generación que busca el atajo
Crecimos con tutoriales de quince segundos, recetas de tres pasos y respuestas instantáneas. Eso no es malo en sí. El problema aparece cuando llevamos esa lógica a la presencia de Dios y creemos que orar es una técnica que ya dominamos.
Me preocupa que dejemos de orar justo cuando empezamos a servir. Al principio pedíamos ayuda para hablar; después ya tenemos el bosquejo listo. La preparación se vuelve un sustituto silencioso de la oración. Manchego lo plantea con claridad: cuando ya sabemos el camino, dejamos de pedir dirección.
Le pondría un matiz. Depender de Dios no es excusa para no estudiar. Hay quien confunde la fe con la improvisación y sube al púlpito sin haber abierto el texto. Lo que cambia no es cuánto preparas, sino en quién confías mientras preparas.
La madurez no te gradúa de la vid
Manchego cita a John Owen para recordar que las ramas necesitan influencias continuas de gracia. Jesús no dejó margen: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5, RVR1960).
Ninguna etapa te gradúa de la vid. Puedes llevar veinte años enseñando y seguir necesitando a Cristo para la clase de este domingo. No importa si sirves en Guadalajara o en Dallas: el riesgo es el mismo, y la salida también.
Pablo escribió algo parecido: «no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios» (2 Corintios 3:5, RVR1960). Si la competencia viene de Él, la experiencia no me vuelve menos dependiente; me vuelve más consciente de cuánto necesito.
Lo que tu experiencia no puede producir
Puedes armar un estudio impecable, pero no puedes hacer que alguien ame la verdad. Puedes acompañar a una persona durante meses, pero no puedes producir arrepentimiento. En una cultura que mide todo por resultados, nos tienta creer que somos el motor.
Véase 1 Corintios 3:7: plantar y regar es nuestra parte; el crecimiento viene de Dios. Eso quita presión y también arrogancia. Ni te hundes cuando no ves fruto, ni te inflas cuando lo ves.
Esta semana, antes de tu próxima clase o ensayo, dedica cinco minutos a pedirle a Dios lo que solo Él puede hacer. No busques una técnica mejor; busca a Aquel que sostiene todo. ¿Cuándo fue la última vez que dependiste de Dios sin red, sin plan B y sin sentir que ya sabías cómo?