Pantallas y ansiedad: ni el villano ni el salvador
Un psiquiatra infantil plantea en The New York Times que la pantalla no es el problema; creo que el diseño de las apps sí cuenta.
Tu celular no te está arruinando la vida. Tampoco te la va a salvar. Un psiquiatra infantil plantea en The New York Times, al hablar de pantallas y ansiedad, que el problema no es la pantalla.
El título de su columna es toda una tesis: «Soy psiquiatra infantil. Las pantallas no son el problema». Coincido con el fondo y, aun así, le añadiría una capa que a un lector de 20 años le importa: el uso compulsivo también se diseña del otro lado del vidrio.
Lo que acierta: culpar al objeto es lo fácil
Un rectángulo de vidrio no tiene voluntad. La Escritura nunca convierte los objetos en sujetos morales; habla del corazón que los usa. Pablo lo dijo sin rodeos: «Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna» (1 Corintios 6:12, RVR1960).
«El tablero está inclinado: alguien diseñó la app para que no la cierres.»
Por eso me parece sano el enfoque del psiquiatra. Si el celular fuera el culpable, bastaría con apagarlo y la ansiedad se iría con él. No funciona así. También me cuido de la tecnofobia disfrazada de espiritualidad: desconectarse no te hace más santo, ni conectarse te hace más mundano.
Lo que le falta: alguien diseñó ese deslizamiento
Mi matiz es concreto. Buena parte del uso compulsivo no nace de tu falta de carácter: la reproduce un producto pensado para que no lo cierres. La reproducción automática, el aviso que cae justo cuando apagas la luz, la lista que nunca termina. El tablero está inclinado: alguien diseñó la app para que no la cierres.
No digo que seas una víctima sin voluntad. Digo que, si el diagnóstico se queda en que la pantalla no es el problema, el que midió cada detalle para retenerte queda fuera de la foto. La responsabilidad es tuya y también de quien construyó el anzuelo. Me pregunto cuántas de nuestras distracciones no son rebeldía sino diseño ajeno.
Lo que significa para ti, que creciste entre dos mentiras
A los 16 y a los 30 nos vendieron dos historias en el mismo paquete. Una: la tecnología nos haría mejores, más libres, más conectados. Otra: cada hora frente a la pantalla era un punto menos de salud y de piedad. Las dos tratan al ser humano como un cálculo.
La fe cuenta otra cosa. Eres imagen de Dios antes de ser usuario, y ningún registro de tiempo puede decir quién eres. También eres alguien caído, capaz de elegir lo que te desgasta. Por eso el tiempo se administra, no se adora. Véase Efesios 5:15-16: andar con diligencia, como sabios, aprovechando bien el tiempo.
Y hay una salida que no pasa por el celular: la comunidad. Un grupo pequeño, una iglesia local, gente que te conoce y te pregunta por tu semana. Ninguna app puede darte eso.
Esta semana te propongo un ejercicio pequeño y honesto. Abre el registro de uso de tu celular y busca esa aplicación que abres para descansar y cierras más cansado. Muévela fuera de la pantalla de inicio, silencia sus avisos por siete días y anota qué sientes. Y dime: ¿cuál es la app que te deja vacío?