Biblia en 5: Marcos 8 — seguir a Jesús cuesta
El primer anuncio de su muerte en el evangelio de Marcos incluye un llamado que sigue incomodando: negarse, cargar la cruz y seguirlo.
El evangelio de Marcos (8:31-38, RVR1960) guarda el primer anuncio que Jesús hace de su muerte. Poco antes, cerca de Cesarea de Filipo, Pedro lo había confesado como el Cristo. Seguir a Jesús cuesta, y él lo dijo primero.
La cruz no fue un imprevisto
Jesús afirma que le «era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho» (Marcos 8:31, RVR1960). No habla de un tropiezo que Dios tuvo que resolver sobre la marcha. Habla de una ruta trazada. Este es el primero de tres avisos semejantes (véase Marcos 9:30-31; 10:32-34).
Pedro, que acaba de confesarlo, se pone a reprenderlo, y escucha la respuesta más dura del evangelio: «no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres» (Marcos 8:33, RVR1960).
«Nadie carga su cruz para que Dios lo acepte; la carga porque ya fue aceptado.»
Marcos es el más corto de los cuatro evangelios y el de paso más veloz: casi todo apunta hacia Jerusalén. La tradición de la iglesia lo atribuye a Juan Marcos, quien transmite lo que Pedro predicaba. Lo escribe para lectores gentiles, probablemente en Roma, en la segunda mitad de ese siglo, cuando confesar a Cristo ya tenía costo social.
Un llamado dicho en voz alta
«Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame» (Marcos 8:34, RVR1960). Lo anuncia delante de todos, no en un aparte. Tres imperativos, y ninguno sale barato. Negarse no es odiarse ni apagarse: es bajarse del trono de la propia vida. Cargar la cruz no significa enamorarse del dolor ni tolerar maltrato: significa caminar por donde el yo ya no manda. Y seguirlo es seguir a alguien vivo, no sumarse a una causa.
Después viene la paradoja que sostiene todo el pasaje: «todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará» (Marcos 8:35, RVR1960).
Lo que el pasaje dice de Dios
Nada se le escapó de las manos. La justicia divina no hace la vista gorda con el pecado: lo coloca sobre el Hijo. El amor se ve en que el Padre lo entrega y el Hijo se entrega sin que lo obliguen. Y el anuncio no acaba en un sepulcro, acaba en resurrección. La esperanza del creyente, entonces, no está en ganar el mundo sino en pertenecer al que lo venció. Nadie carga su cruz para que Dios lo acepte; la carga porque ya fue aceptado.
El marcador de hoy está a la vista de todos: seguidores, promedio, currículum, lo que tu familia espera de ti. En ese mundo, negarse suena a fracaso. Pero Jesús advierte que avergonzarse de él y de sus palabras tiene su peso cuando venga en la gloria del Padre (véase Marcos 8:38).
Ahí se decide, hoy, a quién sigues. Un paso para esta semana: detecta un área donde le estás diciendo a Jesús cómo debería hacer las cosas, y suéltala; o esa conversación que has evitado por miedo, y tenla. No es heroísmo: es obediencia común, sostenida por la gracia de quien ya cargó su cruz por ti.
Piensa en eso que no quieres soltar. ¿A quién le estás pidiendo permiso antes que a Jesús?