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Biblias encadenadas: por qué la cadena no era censura

Un diccionario de 1910 rastrea el mito hasta Alemania, siglo XVIII; encadenar libros era el seguro de las bibliotecas.

Por Samuel Ibarra · Sana Doctrina
· 3 min de lectura
Biblias encadenadas: por qué la cadena no era censura
Foto: Ylanite Koppens / Pexels

Una Biblia amarrada con cadena a un atril: la imagen es real. La conclusión que corre en videos y redes —que las Biblias encadenadas servían para esconder la Escritura— es un mito, según Catholic Answers.

Copiar un libro a mano tomaba años. Catholic Answers calcula que un solo ejemplar podía exigir unas 130 pieles y cinco años de trabajo. Un objeto así se robaba con facilidad, y por eso las bibliotecas lo aseguraban con cadena y varilla.

La leyenda tiene rastro. El New Catholic Dictionary, de 1910, ubica su origen en Alemania, en el siglo XVIII, y señala que se propagó sobre todo con la Historia de la Reforma de Merle d'Aubigné, de 1817.

«El objeto era real; la interpretación, no.»

— Samuel Ibarra

La polémica de aquellos años encontró en la imagen una prueba cómoda: un libro atado, decían, es un libro prohibido. El objeto era real; la interpretación, no.

La cadena no era un candado

Encadenar libros fue la manera habitual de cuidar el acervo en las bibliotecas europeas. La costumbre se extendió por varios siglos, desde la época medieval y hasta bien entrado el siglo XVIII. No era una medida contra los lectores: era un seguro contra el robo.

En la catedral de Hereford, en Inglaterra, el mecanismo sigue a la vista. La cadena permite abrir el libro y leerlo, pero no sacarlo del mueble. Esa biblioteca es del siglo XVII y de tradición anglicana: la práctica no pertenecía a una sola iglesia.

Tampoco era un asunto solo de Biblias. Según Smithsonian Magazine, las bibliotecas encadenaban sus libros a los estantes.

Leerla era justamente el punto

En 1539 se imprimió la Gran Biblia, impulsada por Enrique VIII para cada parroquia de Inglaterra. Según Britannica y GotQuestions, se la conoció como la Biblia encadenada: se aseguraba para que nadie se la llevara de la iglesia.

Y el mismo tipo de documento que ordenaba ponerla ordenaba leerla. Las Injunciones de 1538, según Clark University, mandaban comprar un ejemplar del mayor volumen posible y en inglés, y colocarlo donde los feligreses pudieran acercarse a leerlo.

La sección tercera de esas injunciones prohibía a los clérigos disuadir a alguien de leerla; antes bien, les mandaba exhortar a cada persona a hacerlo.

Las Injunciones de 1559, según Hanover College, repiten la orden y añaden que nadie debe ser desanimado de leer cualquier parte de la Biblia, en latín o en inglés.

Lo que la cadena dice hoy

Hubo quien pagó años de trabajo por un ejemplar y lo encadenó para que nadie se lo llevara. Nosotros abrimos la Biblia en el celular cuando queremos, y muchas veces ni la tocamos.

«Mejor me es la ley de tu boca / Que millares de oro y plata» (Salmos 119:72, RVR1960).

Los de Berea escudriñaban las Escrituras cada día, y eso les ganó el elogio del relato: «Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11, RVR1960).

Sana Doctrina ya lo contó en «La Biblia cabe en tu bolsillo; 100 millones no la tienen» y en «La Biblia que nadie te puede quitar». La pregunta sigue igual de vigente.

Hoy puedes leer un capítulo. Uno. Como los de Berea, para comprobar si las cosas son así. ¿Qué capítulo vas a abrir primero?

Fuentes

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