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¿Puede un cristiano celebrar Halloween?

La Biblia no nombra la fecha, pero sí dice a quién le pertenece tu conciencia y cómo tratar a quien decide distinto.

Por Samuel Ibarra · Sana Doctrina
· 3 min de lectura
¿Puede un cristiano celebrar Halloween?
Foto: Prensa oficial de Focus on the Family

La invitación llega por el chat del salón: disfraces, película de terror, quedada hasta tarde. Y vuelve la pregunta que nadie contesta: ¿puede un cristiano celebrar Halloween? Antes del sí o del no, mira a quién le pertenece tu conciencia.

Cada octubre se repite la escena. Unos vecinos decoran con calaveras, en tu casa alguien arma un altar, un amigo se burla de todo lo sagrado y en la iglesia hay dos bandos: los que organizan una actividad alternativa y los que apagan las luces y no hablan del tema.

La fecha no decide por ti

Halloween no aparece en la Biblia. Tampoco aparece el árbol de Navidad ni la hora exacta en que tu iglesia se reúne. Esa ausencia incomoda a los dos lados: al que quiere un permiso escrito y al que quiere una prohibición escrita.

«El enemigo es real, pero está derrotado; Pedro pide sobriedad y vigilancia, no pánico.»

— Samuel Ibarra

Pablo escribió a creyentes divididos por días y comidas: «Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente» (Romanos 14:5, RVR1960). Fíjate dónde pone el peso. No en la fecha, sino en la conciencia, y en que esa conciencia responda a Dios y no al grupo de mensajes.

Eso cambia la pregunta. Deja de ser «¿está permitido?» y pasa a ser «¿para quién vivo?». Si Cristo es Señor del calendario, también lo es del 31 de octubre.

Dos preguntas antes del disfraz

La primera: ¿qué estás celebrando de verdad? Una bolsa de dulces con amigos no es lo mismo que un plan donde lo oculto se vuelve juego, donde la muerte se disfraza de entretenimiento y donde lo sagrado sirve de broma. Ahí no manda el miedo, manda el criterio. Pablo recuerda que «todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Romanos 14:23, RVR1960). Si vas a participar convencido de que deshonras a Dios, el problema no es la calabaza: es tu conciencia.

La segunda: ¿qué te da miedo y qué te da autoridad? Hay jóvenes creyentes que crecieron con temor a lo oculto y otros que lo tratan como si no existiera. Ninguna de las dos cosas es el evangelio. Colosenses dice que Cristo, «despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Colosenses 2:15, RVR1960). El enemigo es real, pero está derrotado; Pedro pide sobriedad y vigilancia, no pánico (véase 1 Pedro 5:8).

Y una advertencia para los dos bandos: en ese mismo capítulo Pablo habla al que se cree fuerte y al que se abstiene. Despreciar al que no celebra y condenar al que sí son dos maneras de olvidar que ninguno se salvó por su calendario.

Un paso concreto antes de esa noche

Siéntate con Romanos 14 y escribe dos cosas: qué vas a hacer y por qué. No para ganar una discusión, sino para tener claro delante de Dios lo que harás.

Después háblalo. Con tus papás, con tu pastor, con un líder de jóvenes en quien confíes. Pregunta qué hace tu iglesia esa noche y por qué: algunas abren sus puertas con una actividad para los niños del barrio, otras prefieren el silencio. Escucha la razón antes de juzgar.

Y si te toca decidir con amigos que no creen, hazlo sin sermón y sin burla. Puedes acompañar, puedes invitarlos a otra cosa, puedes decir con calma que esa noche no te suma. La hospitalidad convence más que el debate.

La libertad que Cristo da no es la de hacer lo que sea, sino la de hacer todo para la gloria de Dios. En una decisión pequeña como esta también se ve quién es tu Señor. ¿Qué harás tú este año, y qué hace tu iglesia?

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