Prosperidad: cuando la fe se vuelve negocio
El 52 % de asistentes a iglesias protestantes en EE.UU. dice que su iglesia enseña que Dios bendice al que da más.
En un artículo de Coalición por el Evangelio, el editor Joe Carter repasa nueve puntos sobre el evangelio de la prosperidad, esa corriente donde la fe se vuelve negocio: siembras dinero, esperas un milagro, cosechas bendición.
El recorrido de Carter ayuda a ver de dónde viene la fórmula: el Nuevo Pensamiento del siglo XIX y su ley de la atracción, la mezcla de sanidad por fe y televisión en Oral Roberts, el movimiento Palabra de Fe de Kenneth Hagin y la semilla y la fe, donde la ofrenda se planta como inversión.
El especialista en ética cristiana David W. Jones resume el fondo: «los maestros de la prosperidad convierten la relación entre Dios y el hombre en una transacción de dar y recibir».
«Dios no es un medio para tu éxito, es el fin de tu vida.»
Las cifras que incomodan
Lifeway Research midió en 2023 qué escuchan los asistentes a iglesias protestantes en Estados Unidos. El 52 % afirma que su iglesia enseña que Dios lo bendecirá si da más dinero, y uno de cada cuatro lo cree por completo. En 2017 esa cifra era del 38 %.
Hoy el 76 % piensa que Dios quiere que prospere económicamente. El 45 % cree que debe hacer algo para recibir bendiciones materiales; seis años antes, ese grupo era del 26 %.
Me inquieta el lugar donde se mide: el asiento, no el púlpito. La fórmula dejó de vivir solo en el canal nocturno; se cuela en la predicación de barrio, en la sobremesa familiar, en el grupo de jóvenes.
Para un hispano de veinte años que carga con la presión de salir adelante, con la deuda de una tarjeta y con videos que prometen visa, auto o novia por diezmar, la promesa suena a alivio.
Lo que la Escritura no negocia
Pablo escribe: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9, RVR1960). Ahí está la línea que ningún sermón puede cruzar.
Si la bendición se compra, la cruz sobra. La gracia es regalo; la fórmula es pago. Cuando la oración se vuelve palanca para forzar a Dios, dejamos de hablar con un Padre y tratamos con una máquina expendedora.
La Biblia no condena el dinero ni convierte la pobreza en virtud. Pablo aprendió a contentarse en abundancia y en escasez, y da por cierto que Dios entrega todas las cosas buenas a sus hijos (véase Filipenses 4:11-12; Romanos 8:32).
El problema nunca fue la bendición, sino el corazón que la vuelve dios y termómetro de la fe ajena. Me parece certera la lista que Carter recoge de John Piper: donde no hay lugar para el sufrimiento, donde nadie te llama a negarte a ti mismo y el yo ocupa el centro, ahí ya no se predica a Cristo.
Cómo distinguir la fórmula de la fe
Propongo una prueba sencilla, sin trampa: ¿qué queda de tu fe si das y no recibes nada a cambio? Si la respuesta te deja en el aire, lo que escuchaste era un contrato. El paso práctico es volver a los textos en su contexto, sin recortes, y preguntar en tu iglesia cómo entiende el dar, el sufrimiento y la mayordomía.
También vigila el fruto: un mensaje que promete resultados a cambio de tu dinero ya cambió la gracia por una transacción.
Dios no es un medio para tu éxito, es el fin de tu vida. La fe no es un botón para que aparezca el ascenso; es confianza en el Padre que no escatimó a su propio Hijo. Y me queda una pregunta abierta: ¿alguna vez diste esperando un milagro que no llegó? Cuéntame.