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OpiniónAnálisis

No basta con dar espacio a las dudas

Lifeway Research plantea que el reto con los jóvenes escépticos no son las respuestas, sino el espacio para sus preguntas.

Por Samuel Ibarra · Sana Doctrina
· 2 min de lectura
No basta con dar espacio a las dudas
Foto: Prensa oficial de Lifeway Research

Lifeway Research sostiene que el obstáculo para acercarse a los jóvenes escépticos no es la falta de respuestas, sino no dar espacio a las dudas. Coincido a medias: el espacio es necesario y no es suficiente.

Cuando el silencio amable no responde

Piensa en una escena común: alguien de 19 años levanta la mano en el grupo pequeño y pregunta por qué un Dios bueno permite tanto sufrimiento.

Puede recibir dos respuestas. La primera es un mini sermón de tres minutos, con versículos pegados sin contexto. La segunda es un «tranquilo, Dios sabe lo que hace». Las dos cierran la conversación.

«Escuchar sin abrir la Escritura deja la iglesia en una sala de espera»

— Samuel Ibarra

Me preocupa que la duda se trate como pecado. Me preocupa igual que se trate como virtud. Santiago 1:19 dice: «Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse» (Santiago 1:19, RVR1960). Santiago ordena escuchar antes de hablar; no ordena callar para siempre.

El espacio sin la Palabra es una sala de espera

Escuchar sin abrir la Escritura deja la iglesia en una sala de espera. La persona conserva su pregunta y ahora también la sensación de que nadie se atreve a contestarle. La hospitalidad que no enseña deja al joven donde estaba.

Pedro escribe a creyentes que vivían entre culturas hostiles: «estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pedro 3:15, RVR1960).

Escuchar y responder no son enemigos. Una iglesia local ofrece algo que ningún video ofrece: una persona con nombre que se sienta contigo a leer el texto.

La duda no es el destino; Cristo sí

La Biblia no esconde a quienes dudaron. Tomás quiso ver y tocar, y Jesús le mostró las manos en lugar de regañarlo. Su duda no se premió ni se castigó: se llevó a una confesión. Ese es el camino que quiero para un joven que pregunta.

Cristo es el destino de los que caminan con preguntas, no el premio de los que ya no dudan. «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6, RVR1960).

Pienso en los jóvenes hispanos que viven entre dos culturas. Preguntan cosas que sus abuelos no preguntaban: si la ciencia pelea con la fe, por qué cayó un pastor que admiraban, por qué Dios permitió la muerte de un primo. Un «Dios sabe» no alcanza para eso. Hace falta Biblia abierta, en contexto, con tiempo.

Y hace falta alguien que no se asuste. Una iglesia que da espacio a las preguntas y después abre la Escritura no pierde a nadie; gana hermanos que saben por qué creen.

Anota hoy tu pregunta más incómoda en el celular. Busca a un creyente con madurez, pídele media hora y llévala sin adorno. Si nadie en tu iglesia responde, empieza por los Evangelios y sigue preguntando. ¿Qué pregunta te frenó y quién te la contestó?

Fuentes

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