Biblia en 5: Marcos 8:11-21 — ¿Aún no entendéis?
Los fariseos piden una señal del cielo y los discípulos discuten por un pan olvidado; Jesús responde con una pregunta.
Esta entrega de Biblia en 5 lee Marcos 8:11-21, un pasaje del evangelio más breve de los cuatro. La Encyclopaedia Britannica lo atribuye a Marcos, discípulo de Pedro y compañero de Pablo, quien escribió para creyentes venidos del paganismo.
Una señal para tentarlo
Jesús venía de alimentar a cuatro mil personas en territorio gentil y de cruzar el lago hasta Dalmanuta (véase Marcos 8:1-10). Allí los fariseos no llegaron a escucharlo: llegaron a discutir.
Le pidieron una señal del cielo para ponerlo a prueba (véase Marcos 8:11). Su respuesta fue un gemido: «¿Por qué pide señal esta generación? De cierto os digo que no se dará señal a esta generación.» (Marcos 8:12, RVR1960)
«Si la duda aprieta, no pidas una señal nueva: relee esa lista y vuelve a lo que Dios ya dijo.»
Ese gemido importa. El mismo verbo aparece cuando suspira ante el sordomudo (véase Marcos 7:34). A Jesús le duele la incredulidad; no la responde con un espectáculo.
Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea, también esperaba verlo hacer algún milagro antes de juzgarlo (véase Lucas 23:8). Dos levaduras distintas y un mismo fermento: querer pruebas para creer.
El pan olvidado
Ya en la barca, los discípulos notaron que solo tenían un pan (véase Marcos 8:14). Jesús les advirtió de la levadura de los fariseos y de la de Herodes (véase Marcos 8:15), y ellos creyeron que hablaba del almuerzo. Discutieron entre sí.
Entonces vino la pregunta que el pasaje no suelta: «¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis?» (Marcos 8:18, RVR1960)
Veían al que acababa de multiplicar los panes y se angustiaban por un pan. Jesús les hizo contar lo que sobró: doce cestas de los cinco mil, siete canastas de los cuatro mil (véase Marcos 8:19-20). Y terminó preguntando cuánto más iban a tardar en entender (véase Marcos 8:21).
Lo que ya vimos
El pasaje revela algo incómodo: mirar no es lo mismo que confiar. La pregunta de Jesús hace eco de Isaías 6:9-10, donde se oye sin entender y se ve sin comprender. Solo Dios abre los ojos.
Después, en Betsaida, un ciego ve primero a los hombres como árboles y luego todo con claridad (véase Marcos 8:22-26). Más adelante Pedro por fin confiesa quién es Jesús (véase Marcos 8:29). Así termina la ceguera: cuando él la toca.
Y está la levadura, que fermenta desde lo pequeño (véase 1 Corintios 5:6). Dos contagios: la religiosidad que pone a Dios en examen y el poder que prefiere mirarlo desde lejos.
Hoy pedimos señales como resultados concretos: la beca que no llega, el empleo que se tarda, los papeles migratorios, la renta que no alcanza, la salud de alguien que amamos. Si Dios me da esto, me tomo la fe en serio, pensamos. Eso pone a Dios en el banquillo y nos deja a nosotros como jueces.
Y la memoria sigue corta. Dios responde, y a los tres meses volvemos a calcular desde la escasez.
Esta semana, aparta un momento para anotar a mano tres cosas que Dios ya hizo en tu vida durante este año: algo que pediste y llegó, algo que no pediste y también llegó, una puerta que se cerró justo a tiempo. Déjalas donde las veas.
Si la duda aprieta, no pidas una señal nueva: relee esa lista y vuelve a lo que Dios ya dijo. Elige además un fermento pequeño —una cuenta, un canal o un chat que cada día te repite que nada de esto importa— y déjalo en pausa siete días.
Mira atrás un momento: ¿qué respuesta o provisión de este año sostiene tu confianza hoy, aunque mañana no llegue ninguna señal nueva?