Biblia en 5: Marcos 7:31-37 — Efata, ábrete
El evangelio más breve guarda una palabra aramea y un suspiro de Jesús antes de abrir oídos cerrados.
El hombre no oía, y hablar bien le costaba. Biblia en 5 llega hoy a Marcos 7:31-37, y nadie tenía arreglo para su caso. Entonces Jesús lo apartó de la multitud, suspiró y pronunció una palabra en arameo: Efata.
Un rodeo por tierra gentil
Marcos escribió el evangelio más corto y el de paso más rápido. La tradición más antigua, recogida por Eusebio de Cesarea, lo presenta como intérprete de Pedro; por eso el texto guarda detalles concretos y palabras arameas tal cual. El libro iba a creyentes de origen gentil, probablemente en Roma, y suele fecharse entre los años 50 y 60 d. C.
Justo antes, Jesús discutió con los fariseos sobre lo que contamina al ser humano: el problema no está en el plato, sino en el corazón (Marcos 7:21-23). Luego atendió a una mujer sirofenicia en Tiro. De ahí va hacia Sidón para volver a Galilea cruzando Decápolis, una liga de diez ciudades griegas, según Britannica. El hombre curado no era un caso de escuela: era un vecino de una zona donde nadie esperaba al Mesías.
«Jesús ora al Padre y suspira hondo: no mira el dolor desde lejos.»
Lo que este hombre deja ver de Jesús
El detalle que más me detiene es el v. 33: Jesús se lo lleva aparte. Sin público, sin escenario. A ese hombre no se le atendía como número.
Después vienen los gestos: los dedos en las orejas, la saliva, el toque en la lengua. No podía escuchar ninguna promesa. Así que Jesús se la mostró en el único idioma que le quedaba: el tacto. Y luego, «y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es decir: Sé abierto.» (Marcos 7:34, RVR1960). El verbo detrás de «gimió» es el mismo de Marcos 8:12. Jesús ora al Padre y suspira hondo: no mira el dolor desde lejos.
El resultado llega entero: «Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien.» (Marcos 7:35, RVR1960). La palabra del Señor hace lo que dice.
Isaías había anunciado ese día: «Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán.» (Isaías 35:5, RVR1960). El asombro de la gente es el eco del profeta: «hace a los sordos oír, y a los mudos hablar». Y todo es gracia. El hombre no aporta fe ni credenciales; está en tierra gentil y lo traen otros. «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.» (Juan 6:44, RVR1960). El «bien lo ha hecho todo» del v. 37 suena a Génesis 1:31: donde Jesús llega, empieza algo nuevo.
Abrir el oído y soltar la lengua
¿Cuántas horas al día pasas oyendo? Playlist, podcast, clips, el grupo del salón. En medio de ese ruido, ¿cuándo escuchó tu alma a Dios con calma? La lengua la traemos más suelta: para el chisme, la queja, el comentario hiriente.
Un paso para esta semana: apartarte de la gente, como Jesús. Diez minutos, sin celular, en un cuarto cerrado. Lee el pasaje en voz alta y pide una sola cosa: «Señor, ábreme el oído». No es una fórmula; es admitir quién puede hacerlo.
Si te da miedo orar en público o contar lo que Dios ha hecho contigo, mira a este hombre. Quizá piensas que hablas mal, o que tu español se queda corto cuando te pones nervioso. Salió hablando bien porque Cristo lo tocó.
Y anímate a ser de los que traen a otros. Piensa en quien se alejó de la iglesia, en quien no puede llegar solo, en quien vive con sordera o con dificultad para hablar. Que haya interpretación en señas, que los subtítulos acompañen el culto y que nadie se sienta apurado al hablar.
Si Jesús te dijera hoy «Efata» —«sé abierto»—, ¿qué es lo primero que empezarías a oír, y qué dirías después?