Biblia en 5: Marcos 6:7-13 — De dos en dos y sin nada
Jesús mandó a los doce sin pan, sin dinero y en parejas: lo que sostiene la misión sigue siendo él.
El Evangelio de Marcos narra que Jesús llamó a los doce y los envió de dos en dos (Marcos 6:7-13, RVR1960). No les permitió llevar provisiones: ni pan, ni bolsa, ni túnica de repuesto.
El envío ocurre entre dos rechazos
Marcos escribe el más breve de los cuatro Evangelios. Se le asocia desde antiguo con Juan Marcos, que anduvo cerca de la predicación de Pedro. Su público no era judío y vivía lejos de Palestina, quizá en Roma, hacia los años 50 y 65.
Justo antes, en 6:1-6, Jesús enseña en la sinagoga de Nazaret y sus paisanos se ofenden con él; lo llaman «el carpintero, hijo de María» (Marcos 6:3, RVR1960). Después, los doce regresan y le reportan lo que hicieron (véase Marcos 6:30). En medio, Marcos cuenta cómo Herodes mandó decapitar a Juan el Bautista (6:14-29).
«El poder no viaja en la mochila»
El primer envío misionero arranca, entonces, entre el rechazo de un pueblo y la violencia de un rey. Nadie sale a predicar en terreno neutral.
Lo que este envío revela de Dios
Los verbos son de Jesús. Él llama, él envía, él presta la autoridad: «Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos» (Marcos 6:7, RVR1960). Un enviado con autoridad prestada no se adueña del mensaje; representa a otro. Pablo lo dirá después: somos «embajadores en nombre de Cristo» (2 Corintios 5:20, RVR1960).
El contenido tampoco era invento de ellos: «Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen» (Marcos 6:12, RVR1960). El arrepentimiento no se paga como una cuota para ganarnos a Dios; es el giro que él produce cuando su Palabra llega. Por eso se anuncia con calma y sin presión.
El equipaje quedó en casa por instrucción suya (véase Marcos 6:8-9). No porque la pobreza sea santa, sino porque el poder no viaja en la mochila. Dios levanta hogares que abren su puerta a sus mensajeros, y esa casa es parte de la misión (6:10).
El rechazo también estaba previsto: sacudir el polvo y seguir (6:11), sin pleito ni venganza.
Sal con un nombre
Muchos decimos «todavía no». Cuando tenga el título, el trabajo, los papeles, más Biblia leída, entonces hablo de Jesús. Los doce salieron sin nada de eso: salieron con lo que habían visto y oído.
Tres pasos concretos. Primero, no vayas solo: pídele a alguien de tu iglesia que te acompañe a orar por un amigo, a visitar a un enfermo, a invitar a un primo. Segundo, cuenta con el rechazo sin dramatizarlo; que la burla no te vuelva amargado con tu familia ni áspero con tus compañeros.
Tercero, pon las manos antes que el discurso: acompañar a quien está en tratamiento, llevar comida al que perdió el trabajo, abrir la puerta a quien recién llegó de otro país.
Antes del domingo, apunta un nombre y una acción posible. Escríbelos donde los veas. Sal después, aunque el resultado no sea el que imaginaste: él te envía a obedecer, no a fabricar resultados; la cosecha le pertenece.
¿Cuál es tu condición pendiente para hablar de Jesús, y a quién le pedirías que camine contigo esta semana?