Biblia en 5: Marcos 4 — ¿Quién es este?
Una noche de tormenta en el lago de Galilea dejó a los discípulos una pregunta que todavía nos alcanza.
Marcos 4 cierra con una noche en el lago de Galilea. Jesús les dijo a sus discípulos que pasaran al otro lado; a medio camino se desató una tormenta y él dormía en la popa. (Marcos 4:35-41, RVR1960)
La tormenta cae en pleno camino
Marcos es el más corto de los cuatro evangelios y el que avanza con más prisa. Lo escribió Juan Marcos, muy cerca de la predicación de Pedro, para lectores que no venían del judaísmo; se calcula que circuló en Roma entre los años 50 y 65 d. C.
Antes de esta escena, Jesús enseña desde una barca con parábolas del reino: un sembrador, una lámpara, una semilla que crece sin ayuda y un grano de mostaza. El reino arranca diminuto y va creciendo por su cuenta, incluso mientras todos duermen. Después, en 5:1-20, cruzan a tierra de gadarenos y liberan a un hombre atormentado. La tormenta cae justo en el cruce, entre una enseñanza y el milagro que sigue.
El texto anota los detalles: era de noche, iban otras barcas y Jesús dormía sobre un cabezal, agotado tras un día completo de enseñanza.
Lo que el viento y el mar reconocen
En los salmos y en Job, el único que domina el mar es Dios. Aquí esa orden la pronuncia un hombre cansado:
«Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.» (Marcos 4:39, RVR1960)
Y el miedo de ellos cambió de blanco:
«Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4:41, RVR1960)
Esa pregunta es la que Marcos le deja al lector. El pasaje muestra a alguien plenamente humano, que se duerme de agotamiento, y plenamente Dios, que apaga la tempestad con una palabra. También muestra algo del evangelio: la barca no la salvaron ellos, la salvó él. Su fe era chiquita; su presencia bastaba.
Y hay un detalle que solo se entiende al final del evangelio: quien aquí ordena silencio al viento es el que después, colgado en una cruz, cargaría con la tormenta más oscura sin que nadie acudiera a salvarlo. Lo que él garantiza no es un viaje sin olas, sino que seguirá contigo hasta la otra orilla.
Cuando la tormenta tiene tu nombre
También tú tienes una tormenta con nombre propio. Un examen que define tu beca. El dinero que no alcanza para la renta. Trámites que se atoran. La ansiedad que llega de madrugada y no se va. La duda de si esto de creer es para ti. O esa culpa que vienes arrastrando desde casa.
La Biblia no promete que con suficiente fe no habrá tormenta. Lo que sí promete es compañía dentro de la tormenta. Los discípulos hicieron algo simple: lo despertaron y le dijeron lo que pasaba, con el miedo incluido. No necesitas una voz firme ni palabras bonitas. Necesitas hablarle.
Habla con él tal como estás. Y mira quién va contigo: tu iglesia, un amigo creyente, alguien que interceda por ti en los días en que tú no puedes ni orar. El miedo no desaparece por tener fe. Lo que cambia es a quién acudes cuando lo sientes.
Para pensar: cuando la tormenta no se calma enseguida, ¿dónde está puesta tu confianza: en que las cosas saldrán bien, o en que Jesús no se ha ido de tu barca?