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Traducir la Biblia le costó la vida: 500 años

En 1526 salió el primer Nuevo Testamento impreso en inglés; diez años después, su traductor murió en la hoguera.

Por Samuel Ibarra · Sana Doctrina
· 3 min de lectura
Un libro antiguo abierto junto a una pluma y un tintero
Foto: Atlantic Ambience / Pexels

Traducir la Biblia le ha costado la vida a hombres reales. En 1536 quemaron a William Tyndale por imprimir el Nuevo Testamento en inglés. Cinco siglos después, ese texto cabe en tu celular.

Cuando leer era un delito

En su época, traducir la Escritura al idioma del pueblo se castigaba como un delito. No era un debate de académicos: era la diferencia entre escuchar a Dios y depender de que alguien más te lo contara. La escena que celebra Nehemías es la contraria: «Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura» (Nehemías 8:8, RVR1960). Dios quiere que entiendas lo que dice.

Pero el idioma no era el problema de fondo; el corazón sí. Nos gusta tener a Dios a una distancia donde podamos decidir qué hacer con lo que dijo. Traducir la Biblia saca la Escritura del estante y la pone sobre la mesa, donde te obliga a responder.

«La Palabra que costó sangre no fue hecha para quedarse dormida en una pantalla.»

— Samuel Ibarra

Dios no perdió el control

Un hombre escribe y traduce lejos de su país, imprime a escondidas, lo traicionan y lo matan. Visto así, la historia parece una derrota. Sin embargo, la Palabra siguió corriendo, de casa en casa y de idioma en idioma. Eso no lo explica el talento de una persona; lo explica la providencia de Dios.

«Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre» (Isaías 40:8, RVR1960). Los imperios suben y bajan. Las imprentas se vuelven pantallas. Los idiomas cambian. La Palabra que Dios decidió dar a su pueblo sigue firme, y tú la lees sin miedo.

Nada de eso lo ganamos. Ninguna generación merecía tener la Biblia en su lengua; es regalo. Y el regalo tiene un centro: la Escritura no existe para llenarte de datos religiosos, sino para llevarte a Cristo. La fe no nace de tu esfuerzo, sino de escuchar lo que Dios dijo (véase Romanos 10:17).

Español, inglés y la voz de Dios

Muchos jóvenes hispanos viven entre dos idiomas: en casa se habla español; en la escuela y el trabajo, inglés. Algunos sienten que leer la Biblia en español es cosa de la abuela, y que la versión seria es la que sale en inglés.

Ninguna de las dos ideas sostiene. Leer en español no te hace menos fiel; leer en inglés no te hace más espiritual. El idioma es el vehículo, no el mérito. Lo que Dios pide de ti es atención, no acento.

En Hechos 8, un funcionario leía al profeta Isaías en el camino y no entendía nada. Felipe le preguntó si comprendía lo que leía. Él contestó: «¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?» (Hechos 8:31, RVR1960). A veces necesitas una traducción clara. Otras veces, alguien que te explique. Las dos cosas son misericordia.

Esta semana, elige un pasaje y léelo en voz alta. Despacio, en el idioma en que piensas, aunque tu hermana te mire raro. Empieza por Marcos 1 o el Salmo 34. La Palabra que costó sangre no fue hecha para quedarse dormida en una pantalla.

¿En qué idioma lees la Biblia, y qué cambia cuando la escuchas con tu propia voz?

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