Murió sin ver la Biblia en inglés
El 6 de octubre de 1536, William Tyndale murió en Vilvoorde tras traducir el Nuevo Testamento al inglés, sin verlo autorizado en su país.
La mañana del 6 de octubre de 1536, en Vilvoorde, al norte de Bruselas, ataron a un poste a un hombre de cuarenta y dos años. William Tyndale había pasado doce años huyendo para darle a Inglaterra la Biblia en inglés. Murió sin verla autorizada en su propio país.
¿Para qué sirve un trabajo cuyo fruto no alcanzas a ver? Esa pregunta no es solo suya. Es la de quien traduce, enseña, cría, sirve o siembra en tierra ajena y sigue esperando.
La última oración de un fugitivo
Tyndale salió de Inglaterra en 1524 y nunca regresó. Lo traicionaron en Amberes en 1535 y pasó sus últimos dieciocho meses preso en el castillo de Vilvoorde, cerca de Bruselas.
«La fidelidad no se mide por lo que alcanzas a ver.»
Allí pidió un gorro más abrigado, una lámpara para las noches largas y, sobre todo, una Biblia hebrea con su gramática y su diccionario. En la celda no pensaba en defenderse; pensaba en seguir estudiando las Escrituras.
Sus últimas palabras fueron una oración por el rey de su país: «Señor, abre los ojos del rey de Inglaterra». No pidió venganza. Pidió que el hombre más poderoso de Inglaterra viera lo que él ya había visto.
Dios responde más allá de tu vista
Pocos años después de su muerte, Inglaterra ya tenía Biblias en inglés en sus iglesias, puestas ahí por orden real. Tyndale no lo vio. La traducción que hizo con tanto trabajo se volvió base de las Biblias inglesas que vinieron después.
Dios no le debía a Tyndale el gusto de ver el resultado, y no se lo dio. Le dio algo más firme: la promesa de que su Palabra no se pierde.
«Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié» (Isaías 55:11, RVR1960).
Así trabaja Dios. Él reina sobre los reyes, las imprentas y los siglos. La semilla que sembraste puede germinar cuando ya no estés mirando. Pablo lo dijo sin adornos: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios» (1 Corintios 3:6, RVR1960).
Trabajar sin aplausos
Si eres joven y vives entre dos idiomas, esto te toca de cerca. Traduces en la clínica para tus papás, ayudas con la tarea en el idioma que apenas dominas, enseñas a los niños de tu iglesia, sirves en algo que nadie nota. Y no ves fruto. Tyndale tampoco lo vio.
Pero no lo convirtamos en héroe. Fue un pecador salvado por gracia, igual que tú. Lo condenaron por sostener que la fe sola justifica delante de Dios, y esa verdad no la inventó él: la leyó en el Nuevo Testamento que tradujo.
Su vida enseña algo sencillo y difícil a la vez: la fidelidad no se mide por lo que alcanzas a ver. Dios sostiene su obra con testigos y sin ellos, y no comparte su gloria con nadie.
Esta semana, elige una tarea que Dios te dio y que nadie va a aplaudir. Hazla en silencio, como adoración y no como vitrina. Y pregúntate en serio: ¿serías fiel aunque nunca vieras el fruto?