Esperar milagros no es presionar a Dios
La oración por sanidad es confianza real, no una fórmula que obliga a Dios a responder lo que pedimos.
Esperar milagros no es exigirle a Dios resultados. La Biblia manda orar por los enfermos y, a la vez, someterse a la voluntad del Señor. Aquí veremos cómo sostener las dos cosas sin caer en la desilusión ni en la fórmula mágica.
La fe que pide y la fe que descansa
Santiago no trata la oración por los enfermos como un recurso de emergencia. Escribe a la iglesia: «Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará» (Santiago 5:15, RVR1960). El versículo anterior manda llamar a los ancianos y orar por él (véase Santiago 5:14). No es un adorno de tiempos pasados.
Pero la misma carta pone un límite sano a nuestras expectativas: «En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello» (Santiago 4:15, RVR1960). Orar por sanidad es hablar con un Padre, no activar una máquina. Dios es soberano para sanar o no, y ninguna de las dos respuestas lo vuelve menos bueno.
«Orar por sanidad es hablar con un Padre, no activar una máquina.»
Alguien preguntará: si Dios decide de todos modos, ¿para qué orar? Porque Él gobierna el mundo también por medio de las oraciones de su pueblo. No sabemos cómo encajan su decreto y nuestra súplica; la Biblia solo nos dice que pidamos y confiemos.
Por qué dejamos de esperar
Vivimos dentro de una cultura que da por sentado que todo fenómeno tiene una causa natural. Ese aire se respira sin notarlo, también en la iglesia. Delegamos la enfermedad al médico —un regalo de Dios— y la oración queda como trámite. Cuando la medicina responde, dejamos de clamar; cuando no responde, casi no sabemos clamar.
Hay una razón más honesta: esperar duele. Si no espero nada, no me desilusiono. Pero esa coraza no es fe; es miedo con lenguaje religioso. Un padre angustiado lo dijo mejor: «Creo; ayuda mi incredulidad» (Marcos 9:24, RVR1960). Jesús no lo reprendió por esa mezcla; sanó a su hijo.
Conviene recordar además cuál es el problema de fondo. La raíz de todo sufrimiento es el pecado, y por eso el milagro mayor no es una pierna restaurada, sino un corazón perdonado. Toda sanidad física es temporal; la resurrección de Cristo es definitiva.
Ora con audacia, suelta el resultado
Pide con nombres concretos, no en general. Invita a otros creyentes a orar contigo, como enseña Santiago. Y sigue usando los medios que Dios te da: consulta médica, tratamiento, descanso. Ninguno de esos recursos compite con Dios; Él sostiene todas las cosas con la palabra de su poder (véase Hebreos 1:3).
No midas tu fe por la respuesta que recibes, porque la fe no es un interruptor que obliga a Dios. «Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Juan 5:14, RVR1960). Su voluntad no siempre coincide con la nuestra, pero siempre es mejor que la nuestra.
Esta semana, anota el nombre de una persona enferma y ora por ella en voz alta, cada día, pidiendo sanidad sin rodeos. Cierra tu oración con la súplica de los discípulos: «Auméntanos la fe» (Lucas 17:5, RVR1960). Ora como quien cree que Dios puede sanar hoy, y descansa como quien sabe que Él ya tiene el último día resuelto.