Saltar al contenido
Sígueme.Magazine
Donar

Síguenos

«Ven, sígueme.» — Mateo 4:19

English
FeNoticia

El discipulado no es una mentoría

Buscaste un mentor y sigues igual: el crecimiento nunca fue tarea de un hermano, sino de Dios.

Por Samuel Ibarra · Sana Doctrina
· 3 min de lectura
El discipulado no es una mentoría
Foto: Daniel & Hannah Snipes / Pexels

Buscaste un mentor y sigues igual. La Biblia nunca prometió que un hermano te hiciera crecer. El discipulado no es una mentoría: es seguir a Cristo dentro de su iglesia, con su Palabra, su oración y su Espíritu.

La mentoría te da un modelo; el discipulado te da un Señor

Un mentor comparte su experiencia contigo. Un discípulo aprende de su Maestro. Lo que cambia todo es quién ocupa el centro.

Cuando Jesús envió a los suyos, no les ordenó buscar al hermano más maduro de la congregación. Les dio una comisión y, con ella, una promesa.

«El discipulado no es una mentoría: es seguir a Cristo dentro de su iglesia.»

— Samuel Ibarra

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:19-20, RVR1960).

Fíjate en quién promete estar presente todos los días: Cristo, no tu mentor. El que manda, el que enseña y el que acompaña es Él. Cuando un hermano ocupa ese lugar, tu crecimiento queda amarrado a su agenda y a su carácter. Y el día que falle, tu fe tambalea con él.

Tener a alguien que te aconseje es un regalo de Dios. Ponerlo en el trono es otra cosa. Ahí empieza esa idolatría pequeña y educada que a veces llamamos mentoría.

Pablo plantó, Apolos regó, Dios dio el crecimiento

En Corinto pasó algo parecido. Unos decían «yo soy de Pablo» y otros «yo soy de Apolos».

Pablo responde sin diplomacia: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento» (1 Corintios 3:6-7, RVR1960).

Pablo no se ofende por perder protagonismo. Se alegra de no ser el motor. Plantar y regar son trabajos reales, con horas y lágrimas, pero ninguno de los dos produce vida.

Ahí está tu problema y el mío. No nos falta información ni un consejero más afinado. Nos falta que alguien arranque la raíz: ese corazón que quiere crecer sin morir y cambiar sin que nadie toque lo que más cuida. Esa raíz no la arranca un hermano, por sabio que sea.

Solo la gracia de Dios, recibida por medio de la fe en Cristo, hace lo que ningún plan de discipulado puede hacer: dar vida donde había muerte. El Espíritu Santo es el que convence de pecado, el que vivifica y el que sostiene cuando ya no tienes fuerzas.

Quédate y deja que te pastoreen

La primera iglesia no crecía en reuniones privadas de dos. «Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hechos 2:42, RVR1960).

Fíjate en los medios que Dios eligió: predicación, comunión, mesa y oración. Nada espectacular, nada secreto, nada instantáneo. Ahí suele trabajar el Espíritu.

Si andas brincando de iglesia en iglesia buscando quién te discipule, puede que estés persiguiendo algo que la Biblia no promete. La pregunta de fondo no es quién te va a hacer crecer. Es si vas a permanecer donde Cristo alimenta a los suyos.

Esta semana puedes dar un paso concreto: quédate. Llega temprano, siéntate junto a alguien, pide oración y permite que te hagan una pregunta incómoda. Deja de buscar un entrenador personal y empieza a ser parte del cuerpo.

El crecimiento llegará, pero no cuando tú lo decidas ni al ritmo que quieras. Dios da el crecimiento a su tiempo y para su gloria. Tu parte es sembrar, regar y confiar.

Entonces, la pregunta honesta: ¿estás siguiendo a Cristo en su iglesia, o estás coleccionando mentores que te hagan sentir que avanzas?

Comparte esta nota

Síguenos también en redes

@SiguemeMagazine en todas: videos, noticias del día y comunidad.