Criticar como cristiano: la verdad con amor
La Biblia no prohíbe corregir; prohíbe corregir sin amor, sin verdad y sin mirar antes el propio pecado.
Criticar como cristiano no es callar ni tampoco humillar. Es decir la verdad con amor, con la meta de restaurar y no de ganar la discusión. La Escritura no prohíbe corregir; prohíbe corregir sin amor.
Empieza por tu propia viga
Jesús no abrió su enseñanza sobre la corrección hablando de los demás. Abrió con la viga. «¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?» (Mateo 7:3, RVR1960).
Antes de responder en un hilo, la pregunta no es si el otro se equivocó. La pregunta es si tú estás en condiciones de hablar.
«Criticar como cristiano es decir la verdad con amor, con la meta de restaurar y no de ganar.»
Crecer entre capturas de pantalla enseña lo contrario. Te enseña a buscar el error ajeno para exhibirlo y a esperar el momento en que puedas dejar a alguien en evidencia. Ese hábito no nace del celo por la verdad; nace del orgullo, el mismo pecado de siempre con mejor conexión a internet.
Gálatas 6:1 lo dice con una claridad incómoda: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado» (RVR1960). El orden importa: mansedumbre, examen propio y, solo entonces, la restauración del otro.
En privado, no en el feed
Mateo 18:15 marca el camino: «Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano» (RVR1960). Jesús no dice publícalo ni etiquétalo. Dice ve, y ve solo.
Corregir en público tiene un costo que casi nunca calculamos. El otro no recibe solo una corrección: recibe una humillación. Y quien se siente humillado rara vez escucha; se defiende. El orgullo del que corrige y el del corregido se alimentan mutuamente, y la verdad queda enterrada bajo dos egoísmos.
Hay excepciones. Un error público y grave puede exigir una respuesta pública. Pero eso es la excepción, no el método. La regla sigue siendo la conversación privada, directa y honesta.
La meta es restaurar
Pablo no escribe gana el debate. Escribe «siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo» (Efesios 4:15, RVR1960). La verdad dicha sin amor deja de cumplir su propósito.
Antes de escribir, mira tu meta. ¿Quieres que esta persona sea más como Cristo, o quieres que todos vean que tenías razón? Si la respuesta honesta es la segunda, todavía no es el momento de hablar.
Eso no te vuelve blando. Proverbios 27:6 llama fieles a las heridas del que ama (véase). Una corrección puede ser directa y hasta dolorosa, y seguir siendo amor. Lo que la vuelve amor es hacia dónde apunta: al bien del otro, no a tu reputación.
Antes de criticar, pregúntate tres cosas. ¿Conozco de verdad el tema o estoy opinando por costumbre? ¿Lo digo en el lugar correcto y a la persona correcta? ¿Estoy dispuesto a que alguien me corrija a mí de la misma manera? Si la última respuesta es no, espera.
Proverbios 12:18 lo resume: «Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina» (RVR1960). Puedes dejar una herida abierta o ayudar a sanar. La diferencia no está en tener razón, sino en amar de verdad.
Antes de responder ese comentario, pregúntate si tu palabra será espada o medicina. Si no puedes decir la verdad sin dejar de amar, guarda silencio un poco más y ora.