La Confesión de Westminster se escribió en guerra
121 pastores y 30 laicos se reunieron durante una guerra civil para responder qué enseña la Biblia en cada área de la vida.
En 1643 Inglaterra se desangraba en una guerra civil y un grupo de pastores se encerró en la abadía de Westminster para responder una sola pregunta: ¿qué enseña la Biblia? De ahí salió la Confesión de Westminster.
Trabajaron mientras el país ardía
La guerra entre el rey Carlos I y el parlamento partió al país en dos. La iglesia arrastraba su propio desorden: formas católicas que sobrevivían dentro de una teología protestante y una adoración que nadie sabía cómo ordenar.
En medio de ese ruido, el parlamento convocó a 121 pastores, unos 30 laicos y una delegación escocesa que no votaba, pero pesaba en cada debate.
«Saber por qué crees es lo que te sostiene cuando todo tiembla.»
Su sede fue la abadía de Westminster, en Londres, desde 1643. Las sesiones pasaron de mil y el trabajo se estiró, con pausas, hasta 1653. Aquellos hombres no vivían ajenos al dolor de su época: visitaban enfermos, enterraban vecinos y criaban hijos mientras el país se incendiaba.
Sabían hebreo y griego, y también sabían cuánto cuesta consolar a quien lo perdió todo.
Una verdad para cuando el piso se mueve
De esos años salieron una confesión de fe, dos catecismos y un manual para el culto público. El parlamento les pidió algo revelador: que respaldaran cada afirmación con textos bíblicos. No buscaban frases ingeniosas, sino comprobar si sus convicciones resistían el peso de la Escritura.
El Catecismo Menor abre con una pregunta sencilla: ¿cuál es el fin principal del hombre? Su respuesta: glorificar a Dios y gozarlo para siempre. Eso no se escribió para ganar discusiones, sino para que una familia cualquiera entendiera en su casa lo mismo que un teólogo en su estudio.
Judas lo expresó así: «exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 3, RVR1960). Contender por la fe es sostener con firmeza lo que Dios entregó, sin convertir la discusión en deporte.
Saber por qué crees
Doctrina es una palabra sencilla: enseñanza. Todos tenemos una, aunque nunca la hayamos escrito, porque cargamos ideas sobre Dios, el pecado, el dinero y el dolor.
Vivimos rodeados de voces: predicaciones de diez minutos, versículos en las redes, consejos de todo tipo. Escuchar mucho y entender poco es posible, y esa fe prestada se rompe en la primera crisis.
Hay frases que se repiten: «Dios tiene un propósito», «todo pasa por algo», «solo hay que tener fe». Aguantan hasta que llega la prueba; entonces se caen, porque nunca fueron nuestras. Saber por qué crees es lo que te sostiene cuando todo tiembla.
La buena doctrina funciona como un mapa: te dice quién es Dios, quién eres tú, qué hizo Cristo y qué te espera.
Pedro escribió: «estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pedro 3:15, RVR1960). Preparados, no furiosos; con mansedumbre, no con sarcasmo.
Haz un ejercicio esta semana. Elige una convicción tuya —que Jesús resucitó, que la salvación es regalo y no premio— y explícala en cinco líneas con tus palabras. Si te cuesta, es señal de que toca abrir la Biblia, preguntar y pensar. ¿Podrías explicar tu fe sin repetir la frase de otro?