Biblia en 5: Marcos 5 — Nadie podía atarlo
Un hombre arrancaba las cadenas con las manos y seguía preso; bastó que Jesús hablara.
En Biblia en 5 abrimos hoy Marcos 5:1-20. Jesús y sus discípulos cruzan el mar de Galilea cuando ya es de noche y desembarcan en territorio gentil. Allí los espera un hombre al que nadie pudo detener.
La escena
Marcos lo cuenta sin adornos. El hombre vivía entre los sepulcros, andaba de noche, gritaba y se hería con piedras. Sus vecinos ya lo habían intentado todo: cadenas, grilletes, vigilancia. Nada sirvió; él las rompía. Al ver a Jesús de lejos, corrió y se postró ante él. Y el mal que lo dominaba habló primero.
«Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.» (Marcos 5:7, RVR1960)
«Solo la palabra de Jesús abre la puerta»
El espíritu inmundo sabe quién es Jesús mucho antes de que sus propios discípulos lo entendieran. Aquí no hay pulso entre iguales: se postra, suplica y acaba obedeciendo.
Marcos es el más breve de los cuatro evangelios. La tradición lo vincula con Juan Marcos, que acompañó a Pedro y puso por escrito su predicación. Escribió para lectores de origen gentil, con Roma como destino probable, en algún momento entre los años 50 y 65. La escena arranca donde terminó la anterior: en 4:35-41 Jesús calmó una tormenta en ese mismo viaje en barca. El hato de cerdos del relato, animales impuros, confirma que aquella orilla no era judía. Luego vienen dos rescates más (5:21-43) y el rechazo en Nazaret (6:1-6).
Qué revela de Dios y del evangelio
La autoridad de Jesús no compite: manda, y el mal obedece. El rescate es pura gracia, de inicio a fin. Aquel hombre no pidió ayuda, no se arrepintió antes, no aportó nada; fue Jesús quien cruzó el mar a buscarlo. Y la salvación se nota en lo cotidiano: el liberado aparece «sentado, vestido y en su juicio cabal» (Marcos 5:15, RVR1960), vuelto a ser persona y no un objeto de asombro.
También hay un envío: «Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.» (Marcos 5:19, RVR1960). No le encargó montar un espectáculo ni recorrer plazas haciendo milagros; le pidió hablar de la misericordia que había recibido.
Todo esto apunta a la cruz. El Hijo de Dios vino a destruir lo que el diablo ha hecho (véase 1 Juan 3:8) y a soltar a quienes vivían con miedo a morir (véase Hebreos 2:14-15). Quien libertó a un desconocido en tierra extraña entregaría después su vida en rescate por muchos (véase Marcos 10:45).
Una aclaración pastoral: el pasaje no llama demonio a la enfermedad. La depresión, la angustia o cualquier adicción no se resuelven con una frase ni con una fórmula. Quien las vive necesita que alguien lo acompañe, ayuda profesional y el respaldo de su iglesia.
Una libertad que se cuenta en casa
Lo que te ata puede no llevar cadenas visibles: algo que nadie en tu casa sabe, la pornografía, la angustia que llega de madrugada, el temor por tu estatus migratorio, una culpa que vienes cargando desde hace años. En aquella orilla, un hombre arrancaba las cadenas de cuajo y por dentro seguía amarrado. Quebrar algo a puro pulso no te hace libre; solo la palabra de Jesús abre la puerta.
Puede que hoy no te toque lo grande, sino lo que él le mandó a aquel hombre: decirlo en su casa, sin adornos y sin tapujos. Y si los tuyos prefieren su tranquilidad a verte libre —en aquella comarca le pidieron que se marchara (Marcos 5:17)—, eso no anula nada de lo que Dios ya hizo en ti. Nadie te quita esa libertad, y el relato sigue siendo tuyo para contarlo en la escuela, en el jornal o en el chat del grupo. Aquel hombre terminó recorriendo la Decápolis con esa noticia.
¿A quién de los tuyos todavía no le has contado lo que Jesús hizo contigo?