Biblia en 5: Marcos 4:21-34 — El reino crece de noche
En Marcos 4, Jesús explica con semillas y lámparas un reino que avanza aunque nadie lo esté empujando.
El pasaje sucede un mismo día, junto al mar de Galilea. Jesús ya contó la parábola del sembrador y aclaró que la semilla es la palabra (véase Marcos 4:14). Ahora enseña cómo el reino crece.
Marcos escribió el más breve de los cuatro evangelios. La datación más difundida lo coloca entre los años 50 y 65 d. C., y lo más probable es que sus primeros lectores fueran creyentes de origen gentil. Ellos vivían en ciudades, no en el campo. Aun así, Jesús les habla de surcos, de una lámpara de barro y de un grano de mostaza: cosas que cualquiera veía al comprar el pan.
La lámpara, la medida y la semilla que trabaja sola
Primero la lámpara. Nadie la enciende para meterla debajo del almud, el cajón con el que se medía el trigo. Se pone donde alumbre. Y Jesús agrega que nada escondido quedará así para siempre (véase Marcos 4:22). Luego advierte: «Mirad lo que oís» (Marcos 4:24, RVR1960). El asunto es qué haces con la palabra que ya llegó. Dios da más al que la recibe con ganas, y deja sin nada al que la desprecia.
«Quizá solo es de noche. La semilla trabaja igual.»
Viene entonces la imagen que da título a esta lectura. Un hombre siembra y se acuesta. «...de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo» (Marcos 4:26-27, RVR1960). El relato dice que la tierra da fruto «de suyo» (véase Marcos 4:28). Curioso: esa palabra griega vuelve a aparecer una sola vez en el Nuevo Testamento, cuando la puerta de hierro de la cárcel se abre sola delante de Pedro (véase Hechos 12:10). Nadie tiene que empujar el tallo para que suba.
De la semilla más chica a la sombra más ancha
La segunda parábola usa la mostaza. Jesús no está dando una clase de botánica; repite el dicho de su época, como cuando alguien dice «chiquito como un grano de mostaza». Lo que importa es el contraste: lo mínimo que se siembra llega a ser un arbusto con ramas donde anidan las aves (véase Marcos 4:32).
Esa escena tenía resonancia para un lector judío. Ezequiel 31:6 pinta un árbol enorme a cuya sombra se refugiaban muchas naciones. Jesús toma esa figura y la pone sobre su reino: arranca casi invisible y termina cobijando gente de todos lados.
Lo que esto dice de Dios y del evangelio
Hay consuelo y hay aviso. Consuelo, porque el crecimiento no depende de tu fuerza. Tú siembras; Dios hace crecer lo que sembraste. No te salvas por rendimiento ni por resultados: la vida nueva es obra suya de principio a fin. Aviso, porque la cosecha tiene dueño. Jesús menciona la hoz, la misma imagen que Joel 3:13 usa para el día en que Dios pone todo en orden. Nada quedará escondido para siempre.
Si hoy no ves fruto en tu casa, en tu grupo pequeño o en tu propia vida, quizá el problema no sea la semilla. Quizá solo es de noche. Y la semilla trabaja igual.
Esta semana elige una cosa y siémbrala sin medir resultados: mándale a alguien un versículo que te ayudó, pide perdón a quien tienes pendiente, lee un capítulo de Marcos cada día aunque no sientas nada. Y duerme tranquilo: el que hace crecer no se distrae.
Y la pregunta para pensar: ¿en qué área estás midiendo a Dios por lo que ves hoy, y qué cambiaría si confiaras en lo que él hace de noche?