Biblia en 5: Marcos 3:20-35 — La verdadera familia
Jesús redefine quién es de los suyos justo cuando su propia casa sale a detenerlo.
Marcos 3:20-35 cabe en una pregunta: ¿quién es de la verdadera familia de Jesús? El pasaje lo responde en medio de una escena tensa, con la gente apretada alrededor de él. Lee el pasaje completo aquí.
Dos mitades, una sola pregunta: de quién es el poder que actúa en Jesús, y quién es de Jesús.
Su propia gente sale a buscarlo
Marcos escribe para creyentes que no eran judíos, probablemente en Roma, entre los años 50 y 65 d. C. Explica costumbres que sus lectores no conocían y traduce palabras en arameo. Por eso pesa un detalle: la acusación no nace en Galilea, sino entre escribas llegados desde Jerusalén.
«La iglesia local es la familia que Dios te da, con hermanos que no elegiste y que aun así te pertenecen.»
Poco antes, Jesús había sanado, perdonado pecados y llamado a los doce. Cuando los suyos oyen lo que pasa, salen a detenerlo porque dicen que está fuera de sí (véase Marcos 3:21). No van a escucharlo: van a llevárselo.
En el centro de la escena, los escribas sueltan su sentencia: echa fuera demonios por el príncipe de los demonios (véase Marcos 3:22). No niegan el milagro. Le cambian de autor.
El más fuerte ya entró a la casa
Jesús responde con lógica sencilla. Un reino dividido no aguanta y una casa partida en dos se cae. Si Satanás pelea contra sí mismo, ya perdió. Luego usa una imagen que sus oyentes entendían: nadie saquea la casa de un hombre fuerte si antes no lo ata (véase Marcos 3:27).
Ahí está el punto. Jesús no negocia con el mal ni compite de igual a igual. Entra como el que ya venció, y lo que hace con los endemoniados adelanta lo que haría en la cruz.
Después viene la advertencia que asusta a muchos. Marcos mismo aclara por qué la dijo: «Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo» (Marcos 3:30, RVR1960). No es una caída, ni una duda, ni una mala semana. Es llamar demonio a la obra del Espíritu que tenían delante. La Escritura describe ese pecado como desprecio deliberado y sostenido, no como un tropiezo.
Y el relato no cierra en juicio, sino en una mesa abierta. Su madre y sus hermanos llegan, se quedan afuera y lo mandan llamar. Jesús mira a los que están sentados a su alrededor y dice: «Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Marcos 3:35, RVR1960).
Lo que revela de Dios
Dios manda también sobre el mal. Satanás es criatura, no el otro dueño de la historia. La salvación es de Dios de principio a fin, y el Espíritu que los escribas insultaron es el mismo que hoy te lleva a decir que Jesús es Señor (véase 1 Corintios 12:3).
La mejor parte es cómo termina esa familia. Los hermanos que no creían en él (véase Juan 7:5) luego aparecen orando junto a María y los discípulos (véase Hechos 1:14), y Jacobo, «el hermano del Señor» (Gálatas 1:19), está entre los que vieron al resucitado (véase 1 Corintios 15:7). La gracia alcanzó a los mismos que salieron a detenerlo.
Tal vez tu familia no entiende tu fe, o vives lejos de casa. Este pasaje no te deja solo: Jesús no desprecia los lazos de sangre, los abre a más gente. La iglesia local es la familia que Dios te da, con hermanos que no elegiste y que aun así te pertenecen. Esta semana busca a alguien de tu iglesia con quien casi no hablas y haz algo de familia: un mensaje, un café, una mano en lo que le pesa.
¿A quién tienes sentado cerca y todavía no tratas como hermano?