Biblia en 5: Marcos 2:13-17 — La llamada de Leví
El cobrador de impuestos que todos evitaban dejó su puesto cuando Jesús lo miró y lo llamó.
La llamada de Leví ocupa cinco versículos en Marcos 2:13-17, pero rompe dos reglas de su tiempo: a quién se llama y con quién se come. Jesús estaba en Capernaum, junto al mar de Galilea.
El texto: «Sígueme» y después la mesa
Otra vez junto al mar, la gente se le junta y él enseña (véase Marcos 2:13). Camino a la orilla, ve a un hombre en su caseta de cobro:
«Y al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y levantándose, le siguió.» (Marcos 2:14, RVR1960)
«La mesa nunca fue permiso para quedarse como estabas.»
Luego lo vemos comiendo en la casa de ese mismo hombre, rodeado de cobradores y de gente con mala fama (véase Marcos 2:15). Los escribas no entran: se quedan afuera preguntando a los discípulos qué significa aquello (véase Marcos 2:16). Jesús contesta con el ejemplo del médico:
«Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.» (Marcos 2:17, RVR1960)
La RVR1960 cierra ese versículo con «al arrepentimiento», y la frase ata las dos escenas: el mismo que se sienta con pecadores es el que dice «Sígueme». Lucas 5:32 repite la misma idea con otras palabras; no añade un requisito nuevo. La mesa nunca fue permiso para quedarse como estabas.
Quién escribe y qué venía pasando
Marcos escribió el más corto de los cuatro evangelios. Pedro lo llamó «Marcos mi hijo» (véase 1 Pedro 5:13), y también caminó con Bernabé y con Pablo (véase Hechos 15:37-39). Su relato va dirigido a lectores no judíos, al parecer en Roma, entre los años 50 y 65 d.C.
Poco antes, Jesús había perdonado los pecados de un paralítico en Capernaum, y los escribas ya estaban incómodos (véase Marcos 2:1-12). Leví recaudaba impuestos para el imperio y de ahí salía su sustento. En su pueblo lo veían como traidor. Su caseta quedaba en un cruce de caminos comerciales, entre el imperio y su propio pueblo.
En el primer siglo, compartir la mesa expresaba aceptación, no solo hambre. Por eso la queja no era por el menú, sino por la compañía.
Qué revela de Dios y cómo te toca hoy
Dios no se impresiona con apariencias religiosas. Ya lo había dicho por medio de Oseas: «Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos» (Oseas 6:6, RVR1960).
Nadie llega a esta mesa por méritos propios. Leví tenía razones para creerse fuera de la lista, y a él lo llamó Jesús. Pablo diría después que Cristo vino a salvar a los pecadores, y que él era el primero (véase 1 Timoteo 1:15).
Y todo esto lo hace Dios, de principio a fin. Leví dejó el puesto no por un argumento convincente ni porque el grupo lo animara, sino porque Jesús lo llamó. Hasta tu respuesta es regalo (véase Efesios 2:8-9).
Mira ahora el lugar donde te ganas la vida o donde te sientes a salvo. Pregúntate si Cristo tendría que sacarte de ahí para que lo sigas de verdad. Si has normalizado un pecado porque «nadie es perfecto», confiésalo esta semana con nombre concreto. Y revisa tu mesa: ¿hay alguien en tu salón o tu trabajo que nadie del grupo invita? Invítalo tú.
La iglesia es un hospital, no una vitrina de gente sana. Si sabes que estás enfermo, dilo con claridad y deja que él te cure.
Para pensar: si Jesús pasara hoy por donde trabajas y te dijera «Sígueme» (Marcos 2:14), ¿qué tendrías que soltar para levantarte?