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Biblia en 5: Marcos 1:40-45 — Si quieres, puedes

El enfermo no dudaba del poder de Jesús, sino de sus ganas de ayudarlo.

Por Samuel Ibarra · Sana Doctrina
· 3 min de lectura
Biblia en 5: Marcos 1:40-45 — Si quieres, puedes
Foto: Thirdman / Pexels

Un leproso se arrodilla ante Jesús y le dice: «Si quieres, puedes limpiarme» (Marcos 1:40, RVR1960). No exige nada; deja la decisión en sus manos. Lee el pasaje completo en Marcos 1:40-45.

Vivía fuera del campamento

Marcos escribió el más breve de los cuatro evangelios, entre los años 50 y 65 d. C., para creyentes de origen no judío, probablemente en Roma. Su relato corre rápido, casi sin pausas. Aquí, en cambio, la escena se detiene en un solo hombre.

Levítico 13:46 describe su condición: «estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada» (Levítico 13:46, RVR1960). No era un castigo por un pecado puntual. Era la separación que la enfermedad imponía en Israel. Para él eso significaba algo muy concreto: nadie se le acercaba, y tocarlo resultaba impensable.

Su ruego, entonces, no es una demanda. Es la súplica de alguien que sabe que no le corresponde nada y aun así se atreve a hablar.

El que tiene el poder también quiere usarlo

Jesús responde primero con el cuerpo. Extiende la mano y lo toca, algo que la costumbre de la época evitaba. Recién después habla: «Quiero, sé limpio» (Marcos 1:41, RVR1960). En ese mismo instante la lepra desaparece (véase Marcos 1:42).

Ahí está el centro del pasaje. El hombre no dudaba del poder de Jesús; eso lo daba por hecho. Lo que no sabía era si Jesús estaba dispuesto. La respuesta junta las dos cosas: quien tiene la autoridad es también quien decide usarla a favor de él. Y su santidad no se mancha al rozar la miseria ajena: la limpia.

Después lo manda al sacerdote con la ofrenda que Moisés había ordenado (véase Marcos 1:44). Jesús no desecha la ley, y el recién sanado no queda exento de nada: vuelve a la comunidad y al culto, ya no como apartado, sino como prueba viva de lo que Dios hizo.

El final del relato deja una imagen rara. El hombre cuenta el milagro por todos lados, y Jesús termina fuera de la ciudad, en zonas solitarias, con gente llegando a él desde todas partes (véase Marcos 1:45). El sanado recupera su lugar en la vida pública; Jesús queda apartado. Años después Pablo explicaría ese intercambio (véase 2 Corintios 5:21).

Un paso concreto esta semana

La pregunta que más pesa no es si Dios puede. Es si Dios querrá hacerlo contigo, con tu historial, con lo que traes encima. El pasaje contesta eso mismo con una sola palabra: «Quiero».

Tres cosas para esta semana. Primero, acércate como estás: en el texto el orden va al revés de como solemos pensar, primero llega el enfermo y después viene la limpieza. Segundo, ora sin adornos y sin regatear, dejando la voluntad de Dios como voluntad y no como trámite. Tercero, da un paso real hacia tu comunidad: habla con tu pastor, pide oración en tu grupo pequeño, escríbele a esa persona de la iglesia de la que te alejaste. Lo que Dios sana se vive acompañado, no en soledad.

Y si cuentas lo que él hizo, cuéntalo sencillo. El protagonista sigue siendo él.

Para pensar: ¿en qué área de tu vida esperas estar limpio para atreverte a acercarte a Jesús, si en el pasaje el orden es al revés?

Fuentes

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