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Betesda: los cinco pórticos que la arqueología confirmó

Dos albercas con cinco pórticos aparecieron junto a Santa Ana, la misma configuración que Juan 5 describe en Betesda.

Por Samuel Ibarra · Sana Doctrina
· 3 min de lectura
Betesda: los cinco pórticos que la arqueología confirmó
Foto: ROMAN ODINTSOV / Pexels

¿El estanque de Betesda, con sus cinco pórticos, existió de verdad? Según la Biblical Archaeology Society, las excavaciones en Jerusalén sacaron a la luz dos depósitos de agua con esa misma configuración. La respuesta corta: sí.

De dónde salió la acusación

Durante décadas corrió una idea en libros y foros: que el evangelio de Juan se había inventado lugares de Jerusalén para armar su relato teológico. El blanco favorito era Betesda. En el mundo griego y romano no se conocía ninguna alberca de cinco lados, decían, y el número cinco aludía —según esa lectura— a los cinco libros de la Torá. Y el sitio no aparecía por ningún lado hasta fines del siglo XIX. Según Razón de la Esperanza, varios escépticos tildaron de mito ese pasaje y otras partes del cuarto evangelio.

El texto en discusión era muy concreto: «Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos» (Juan 5:2, RVR1960). Dudar suena razonable, y por eso la objeción se repitió tanto. Pero la frase de fondo era «todavía no se ha encontrado», no «no existe».

«Un invento literario no suele acertar con el detalle más raro del escenario.»

— Samuel Ibarra

Lo que apareció bajo el piso

A partir de 1888, las excavaciones en la zona de Santa Ana, en la Jerusalén de hoy, dejaron a la vista dos albercas grandes con un dique en medio: un pórtico en cada lado y uno más sobre el muro que las dividía. Esa es la forma exacta que describe Juan.

Dos hallazgos más, según la Biblical Archaeology Society: la alberca del sur bajaba por escalones anchos, como los de un mikve o baño ritual, y la del norte funcionaba como depósito de reserva. Siglos después se levantaron allí baños medicinales romanos. Juan es el único evangelista que nombra Betesda y también el estanque de Siloé, en el capítulo 9. El de Siloé salió a la luz en 2005, según la Biblical Archaeology Society.

Eso no cierra cada punto. Urban C. von Wahlde publicó en Biblical Archaeology Review un análisis sobre lo enredado del conjunto. Associates for Biblical Research propone otra lectura: la sanidad pudo ocurrir en los estanques pequeños de un santuario de curación del mismo lugar, no en las grandes piscinas; el punto exacto sigue en debate. Lo que sigue abierto es cuál de las albercas fue, no si el lugar existió.

Y el centro del relato nunca fue la arquitectura. Allí yacía un hombre que «hacía treinta y ocho años que estaba enfermo» (Juan 5:5, RVR1960). Jesús no le pidió una cuota ni le dio una fórmula: le dijo «Levántate, toma tu lecho, y anda» (Juan 5:8, RVR1960). Un invento literario no suele acertar con el detalle más raro del escenario.

Cómo revisar la próxima afirmación parecida

Cuando veas «la Biblia se equivoca en esto», haz tres preguntas. ¿Quién lo afirma cita un informe de excavación o repite a otro? ¿Dice «no existe» o «aún no se ha hallado»? ¿De qué año es el texto que estás leyendo? Varias objeciones contra la Escritura envejecieron mal: envejecieron hasta que apareció una pala.

Si quieres seguir por ahí, dos notas anteriores de Sígueme —«¿Los evangelios del siglo I o 300 años después?» y «¿Jesús de Nazaret existió? La evidencia fuera de la Biblia»— te dan más contexto.

Si un dato bíblico te deja dudas esta semana, no lo resuelvas en una pelea de comentarios. Busca el informe original, lee a quien excavó y conversa con alguien de tu iglesia que haya estudiado el tema. La fe no teme a la evidencia; la teme quien nunca la ha revisado.

Fuentes

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