Tu teléfono no debería saber cómo te sientes
La Unión Europea prepara una ley que prohíbe a los chatbots simular emociones ante menores, mientras un sondeo revela el costo del doomscrolling.
En un artículo en el blog de Plugged In, Bret repasa tres noticias sobre tu teléfono y tu ánimo: los chatbots que simulan emociones, el doomscrolling y el modo silencio.
La Unión Europea quiere prohibir que los chatbots finjan sentimientos o relaciones personales cuando conversan con menores. La medida es parte de una ley de protección infantil más amplia. Leo eso y pienso en el chat que a las 2 a. m. contesta «te entiendo» sin haber entendido nada. ¿Te acompaña o te lee?
Ninguna ley puede resolver esa pregunta. Una app puede imitar la escucha, pero no puede amar. Y ahí está el punto: nos acostumbramos a que algo nos conteste. Hablar con personas cansa, porque la gente responde tarde, se equivoca, se distrae. La máquina nunca se cansa porque nunca se involucra.
«Una app puede imitar la escucha, pero no puede amar.»
Una ley tarde para una soledad vieja
Prohibir que un programa simule cariño con un menor me parece acertado. También me parece corto. Si un chico en Bogotá o en Miami termina contándole sus noches a un chatbot, la pregunta útil tiene que ver menos con el algoritmo y más con quién estaba disponible para escucharlo.
La Escritura dice algo que ninguna interfaz mejora: «No es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18, RVR1960). Fuimos hechos para vínculos con riesgo: alguien que puede irse, que puede fallar, que puede perdonar. Un bot ofrece una versión sin riesgo y, por eso mismo, sin amor.
El doomscrolling informa y también cansa
Un sondeo de Hopelab y Data for Progress encontró que el 76 % de las personas de 13 a 24 años cree que el doomscrolling lo ayuda a mantenerse informado. En ese mismo grupo, seis de cada diez dicen que esa costumbre los deja ansiosos, agotados, sobrepasados, enojados o sin esperanza.
Las dos cifras pueden ser ciertas en la misma persona. Enterarse de lo que pasa es un bien; vivir con el estómago apretado cada noche no es el precio obligatorio. Yo distingo entre estar informado y estar inundado, aunque el dedo siga bajando solo.
Bret propone sacar el teléfono del cuarto en la noche, y en eso coincido. Añado otra costumbre sencilla: revisar noticias dos veces al día, a horas fijas, y no antes de dormir.
El modo silencio no apaga la duda
Un estudio reciente halló que quienes tienen el teléfono en modo silencio lo revisan casi el doble que quienes mantienen sonido o vibración. La explicación que da el estudio es sensata: al quitar el sonido, la duda sobre lo que ocurre en la pantalla sigue ahí. Y esa duda pesa más que un timbre.
Detrás del aviso apagado hay algo más grande: la costumbre de vivir mirando. Silenciar el aviso no silencia las ganas de comprobar quién escribió, quién publicó, quién te ignoró.
Mi columna se titula con una frase que suena a ley: tu teléfono no debería saber cómo te sientes. La sostengo, aunque el trabajo real no ocurre en la pantalla. Lo que decide qué hago con esa pantalla vive en otro lugar. La Biblia lo llama corazón: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida» (Proverbios 4:23, RVR1960).
Así que te propongo un paso concreto para esta semana. Elige la app que más te empuja a comparar, a mirar sin motivo o a volver cada cinco minutos. Bórrala siete días. No la desactives: bórrala. Cuéntale a dos amigos que lo hiciste, para que puedas decirlo en voz alta.
Si al tercer día la extrañas más de lo que esperabas, acabas de aprender algo sobre ti y no sobre la app. Y si te sobra tiempo, escríbele a alguien real.
¿Cuál borrarías esta semana? Cuéntamelo en los comentarios.