IA en el púlpito: lo que no se delega
Mike Bullmore, pastor y formador de predicadores, sostiene que la herramienta quita lo que solo se gana de rodillas.
En un artículo en The Gospel Coalition, Mike Bullmore advierte que la IA en el púlpito parece facilitar la preparación del sermón, pero le quita algo esencial al predicador. Su argumento merece más atención de la que está recibiendo.
El trabajo que forma al que predica
Bullmore fue pastor principal durante veinticinco años en Crossway Community Church, en Bristol, Wisconsin, y hoy entrena predicadores. Es miembro fundador de The Gospel Coalition.
Cuenta que cuando una empresa le escribió ofreciéndole un asistente de sermones con inteligencia artificial, les pidió cerrar el negocio: lo que ofrecían cortaba el corazón mismo de la predicación.
«El problema no es el esfuerzo; es la dependencia.»
Sostiene que la IA reemplaza dos cosas que no se negocian: el pensamiento detenido y la oración prolongada. Al borrar ese trabajo, borra también el proceso por el que Dios forma el carácter y la credibilidad del que predica.
Y admite un uso «muy escaso y breve», quizá para una investigación pequeña. No es una cruzada contra la técnica; es una advertencia sobre lo que se pierde.
En lo esencial creo que tiene razón. Pablo no fue sutil: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.» (2 Timoteo 2:15, RVR1960). Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley del Señor y para enseñarla (véase Esdras 7:10). Ninguno de los dos pensaba en eficiencia.
El problema no es el esfuerzo
Me pregunto si Bullmore se detiene una estación antes. Describe bien lo que la IA elimina: la lucha, el desvelo, las horas. Pero el problema de fondo no es el esfuerzo. Es la dependencia.
Alguien puede pasar horas en un solo texto y salir de ahí satisfecho de sí mismo. Otro puede preparar entre dos turnos de trabajo y llegar al púlpito quebrantado, sin nada que ofrecer salvo el pasaje.
Dios es soberano y libre; no nos paga por horas. Pero suele obrar por medios, y uno de esos medios es una persona que ora antes de abrir la boca.
Ahí está mi matiz: el estudio es importantísimo, pero no es lo que produce el fruto. Lo produce el Espíritu, que sopla donde quiere, y que casi siempre usa a alguien que estuvo con él.
El atajo tampoco nació con la IA. Ya había sermones armados con retazos de internet, de libros y de transcripciones ajenas. La novedad es la velocidad, y lo convincente que suena el resultado.
Bullmore escribe para pastores, pero su advertencia llega antes a un joven que dirige una célula o al que le pidieron predicar por primera vez. La tentación aprieta más cuando el tiempo es corto, y la herramienta vive en el bolsillo.
Lo que la máquina no hace
La IA resume, ordena, propone un bosquejo, ubica el contexto histórico de un pasaje. Para un líder que trabaja y estudia, eso puede ser una ayuda real.
Lo que no hace es otra cosa: no ora, no conoce por nombre a las personas que pastorea, no da cuenta por ellas (véase Hebreos 13:17). No le teme a Dios.
Y la congregación, aunque no lo diga, escucha la diferencia entre alguien que peleó con el texto y alguien que solo lo administró.
¿Qué parte de tu preparación no le entregarías a una máquina? Empieza por lo que no se delega: ora antes de abrir cualquier herramienta, y pregúntate por las personas que vas a pastorear esta semana.
Si andas con el tiempo encima, quítale minutos a la pantalla y dáselos al texto y a Dios. Recuerda que la predicación alimenta al pueblo de Dios; no es un escenario para lucirse. El problema no es el esfuerzo; es la dependencia.