Sin música ni canto: cristianos atrapados en Pakistán
El pastor que lo recibió aprendió a leer antes de ser esclavizado a los 12 años, y hoy lee la Biblia a los demás.
En los hornos de ladrillo de Pakistán nadie canta. David Latting, embajador de Global Christian Relief, viajó a finales de agosto para documentar cómo viven los cristianos atrapados en Pakistán por generaciones de trabajo y deuda, según Global Christian Relief.
Latting había estudiado esos hornos antes de viajar. Saber no fue lo mismo que estar. Dijo que en una pantalla puedes ver a la gente sudar, pero que allá el calor te envuelve y no hay escapatoria. Las primeras 24 horas se quedó sin palabras; en los primeros videos, contó, parece un ciervo ante las luces de un auto.
Ruido de máquinas, silencio de voces
Lo que más lo golpeó fue el sonido. Máquinas, animales y palas golpeando el barro sin descanso. Y en medio de todo ese estruendo, nada de música. Nadie cantaba. «Había mucho ruido de máquinas, animales y palas golpeando el barro, pero no había música. No había canto» (traducción de Sígueme), dijo Latting.
«Su ocupación era hacer ladrillos. Su vocación, cuidar almas.»
Detrás del ruido hay una lógica brutal: la producción manda, la persona no. Vio a hombres y mujeres, hechos a imagen de Dios, tratados como parte de la máquina. No había dignidad en ese lugar, dijo; solo trabajo por hacer.
Y sin embargo, en cada horno encontró familias que sonreían. Les hizo la misma pregunta a todas: ¿cómo han aguantado?, ¿cómo han mantenido la fe en Cristo? La respuesta se repetía: el Salmo 23 y el Salmo 91. Lloraban mientras decían que Dios había sido fiel, que no tenían esperanza y siguieron esperando de todos modos. «Jehová es mi pastor; nada me faltará» (Salmos 23:1, RVR1960).
El pastor que leía la Biblia en el horno
Al pastor Samuel lo conoció en una carreta de burro, de pie porque no había asientos. Se reían: Latting es un hombre grande y Samuel hacía lo posible por que no se cayera. No compartían idioma y se entendían igual.
Samuel fue esclavizado a los 12 años. Antes de eso había aprendido a leer, y era él quien tenía la Biblia. Se la leía a la gente y le explicaba lo que decía; por eso se reunían. Su ocupación era hacer ladrillos. Su vocación, cuidar almas. Para Latting, ese día dejó de ser una visita: se sentó a la misma mesa con un hermano.
Latting no quiso comparar sufrimientos ni presentar a nadie como héroe. Pero anotó una diferencia concreta: en Pakistán, quien cree en Jesús enfrenta presión cultural y, a menudo, agresión física. Allá la fe no es un detalle cómodo. Su esposa oraba el Salmo 91 cada noche mientras él estaba lejos: «El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente» (Salmos 91:1, RVR1960).
Deuda que se hereda, trabajo que se puede rescatar
El trabajo es un regalo de Dios, no una condena. Cuando el lucro manda sobre la persona, el empleo se vuelve cadena. Eso no pasa solo en Pakistán. Pasa cuando el préstamo crece más rápido que el sueldo y el turno doble no alcanza. La Escritura no promete que la deuda se irá sola ni que una ley lo arregle todo: la esperanza no está en el dinero.
Global Christian Relief afirma que unos 809 dólares alcanzan para pagar la deuda de una familia y que su meta este año son 500 familias. Si vas a ayudar, verifica a quién le das y cómo se usan los fondos.
Tu paso más cercano no cuesta nada: ora por los creyentes de Pakistán, por Samuel y por las familias que siguen dentro de los hornos. Si puedes dar, busca ministerios que trabajen ahí y revisa cómo usan los fondos. ¿Empezarás esta semana orando por alguien cuyo nombre no conoces?