Donde la iglesia llega, hay cosecha
Una madre congoleña aprendió a cultivar maíz en un campamento de Burundi con una escuela agrícola y un grupo de ahorro de las iglesias.
Lukenge no habla del Congo. Habla de las semillas que crecieron. Esta madre congoleña vive en el campamento de Nyankanda, en Burundi, y su historia la contó World Relief: ahí donde la iglesia llega, hay cosecha.
Hace cerca de una década, la violencia entró a su comunidad y después a su casa. Su suegro y la hermana de su suegro fueron asesinados, relató a World Relief. Lukenge escapó con sus hijos pequeños, uno recién nacido, cruzó la frontera entre el Congo y Burundi y llegó al campamento, donde vive desde entonces.
El campamento le dio seguridad, no tranquilidad. La comida que se reparte alcanza para una o dos semanas, aunque está pensada para un mes, contó. Con pocos recursos y una familia que sostener, la situación se volvió desesperada más de una vez.
«La cosecha casi nunca se ve el primer día; se ve cuando alguien decide quedarse.»
Un préstamo, una parcela, maíz
El cambio no llegó con un discurso. Llegó con una escuela de campo para agricultores y un grupo de ahorro que World Relief abrió junto con iglesias dentro de Nyankanda. En la escuela, Lukenge aprendió prácticas agrícolas sanas para cultivar maíz. En el grupo de ahorro recibió un préstamo con el que rentó tierra para sembrar lo suyo.
Para alguien que busca su primer trabajo, la lógica de esta historia incomoda un poco: no le regalaron la cosecha. Le dieron formación, un préstamo y una parcela que pagar; el resto lo puso ella con las manos y la paciencia de una temporada.
Los resultados se ven en su mesa. «Las semillas crecieron en mi tierra y son hermosas», contó a World Relief (traducción de Sígueme). Sin ese acompañamiento, afirma, sus hijos estarían pasando hambre.
El maíz que también alimenta al vecino
Lo que empezó como comida para la casa se volvió un pequeño negocio. Lukenge vende y comparte su cosecha con otros refugiados del campamento, y dice sentirse agradecida y orgullosa porque el maíz la ayuda a ella y también a sus vecinos. En un lugar donde la comida se cuenta por semanas, tener un saco propio cambia la conversación familiar.
Ese detalle importa: el grupo de ahorro no lo armó una oficina lejana, sino iglesias de Nyankanda. Gente que vive ahí, que conoce los nombres de sus vecinos y que presta sabiendo a quién le presta.
La iglesia que se queda
Su servicio no se detuvo en la parcela. Mientras aprendía agricultura, llevó a sus hijos al programa de desarrollo infantil temprano que World Relief sostiene con voluntarios capacitados por su personal. Ahí atienden a niños menores de 5 años con actividades de aprendizaje y comidas nutritivas.
Al ver el efecto en sus propios hijos, Lukenge se ofreció como voluntaria. Muchos niños llegan desnutridos; en el centro aprendieron a preparar una papilla que les aporta nutrientes.
Ella todavía espera más: una comunidad que prospere y una mejor educación para sus hijos. World Relief informa que trabaja desde hace más de 80 años en 100 países junto a iglesias y comunidades locales. La fe que se queda se nota en cosas pequeñas: una parcela rentada, un grupo que presta, una olla de papilla.
¿Y a ti qué te toca? Busca esta semana una iglesia cerca de ti que ya esté sirviendo: un comedor, una despensa, un taller de oficios. Pregunta qué le falta y ofrece dos horas. «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos» (Gálatas 6:9, RVR1960).
La cosecha casi nunca se ve el primer día; se ve cuando alguien decide quedarse.