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La IA te escucha a las 2 a. m.; nadie te visita el domingo

Los chatbots ya son el primer lugar donde muchos jóvenes cuentan lo que sienten; la pregunta es qué se pierde cuando nadie responde de vuelta.

Por Leo Castañeda · Código
· 3 min de lectura
La IA te escucha a las 2 a. m.; nadie te visita el domingo
Foto: Jonathan Borba / Pexels

Son las 2 a. m. y la IA te escucha: le cuentas lo que no le has dicho a nadie. Ella responde sin cansarse. Según Harvard Business Review, la compañía y la terapia son sus usos más comunes.

Para quien acaba de mudarse a otra ciudad, ese chat a medianoche puede ser el único lugar donde alguien le contesta. Hay aplicaciones que se venden como pareja, como confidente, como terapeuta. Y ahí está el riesgo: le pedimos a un programa lo que solo un ser humano puede dar.

Cercanía sin vuelta

Sherry Turkle, psicóloga clínica y profesora del MIT, lleva casi 40 años estudiando cómo la tecnología transforma la vida social. Su diagnóstico es incómodo: los chatbots no llegan como herramientas, se ofrecen como mejores amigos, parejas y terapeutas. Ella habla de «la ilusión de intimidad sin las exigencias de la reciprocidad» (traducción de Sígueme).

«Ese roce es el que nos enseña a amar, y es el que estamos evitando.»

— Leo Castañeda

Los datos que reúne Turkle señalan que más de siete de cada diez adolescentes estadounidenses y casi un tercio de los adultos ya buscan compañía o apoyo emocional en la IA. Describe tres etapas: hablábamos entre nosotros, después entre nosotros por medio de máquinas, y ahora hablamos con las máquinas.

La comodidad es la trampa. El chatbot siempre te da la razón, siempre tiene tiempo, nunca se cansa ni se ofende. Las personas llegan con cansancio, con otra opinión, con su propio dolor. Ese roce es el que nos enseña a amar, y es el que estamos evitando.

Turkle advierte que estamos perdiendo la destreza de conversar. El riesgo crece cuando un niño aprende a confiar en un programa antes que en una persona. También señala algo que a los cristianos debería sonarnos: un programa que dice «yo» y «mío» no es nadie, aunque toda la experiencia insista en lo contrario.

Hechos para un rostro

«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.» (Génesis 1:27, RVR1960)

Somos imagen de Dios, hechos para dar y recibir, para ver y ser vistos. Por eso el amor al prójimo no se puede delegar a un programa. No existe un mandamiento de amar líneas de código.

Detrás del chat de medianoche hay algo más viejo que la IA: queremos un interlocutor que nunca nos contradiga. Adán quiso ser como Dios; nosotros queremos un amigo que nos trate como si lo fuéramos. Ningún filtro de seguridad arregla ese deseo.

La buena noticia es que Dios no nos dejó solos con nuestro espejo. Nos dio una familia que no elegimos: la iglesia, donde se aprende a escuchar a quien piensa distinto y a pedir perdón cuando fallas. La técnica es parte de la creación buena y se administra con sabiduría, pero ningún avance sustituye el rostro de una persona.

Un paso, esta semana

Elige a una persona y haz algo que ningún chatbot puede hacer por ti: visitarla. Si vives lejos, una llamada de voz. El domingo, llega temprano al culto y siéntate junto a alguien. Contesta el mensaje de ese amigo del que no sabes hace meses. Y cuando alguien te cuente su semana, no aconsejes de inmediato: pregunta, calla, vuelve a preguntar.

«El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo; Y amigo hay más unido que un hermano.» (Proverbios 18:24, RVR1960)

Cristo no te dio una aplicación: te dio un cuerpo, con gente imperfecta que aprende a amar. Ahí está la esperanza, no en una respuesta instantánea. ¿Quién te enseñó a escuchar? Y más importante todavía: ¿a quién vas a escuchar esta semana?

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