Irak: la iglesia que se apaga en silencio
En una generación, buena parte de los cristianos de Irak dejó su tierra; la promesa de Cristo no se mide por multitudes.
En agosto de 2014, la iglesia que se apaga en silencio mostró su rostro: familias cristianas del norte de Irak huyeron de la llanura de Nínive hacia la región del Kurdistán en una sola noche.
La tarde anterior había sido normal. Alguien cerraba el taller familiar, una campana sonaba a lo lejos, los niños discutían por la televisión. Después llegaron las llamadas: los combatientes avanzaban, las carreteras se cerraban. Cada uno llenó una maleta. El padre cerró la puerta con llave, seguro de que volverían en unos días.
No volvieron en días. Vinieron meses en un refugio, luego un departamento compartido con parientes, escuelas nuevas y un negocio que nunca reabrió. Cuando el grupo extremista perdió el territorio, regresar ya no era volver: vecinos dispersos, trabajos escasos, seguridad en duda. El templo seguía en pie. La congregación, no.
«La iglesia puede apagarse en una tierra; el Reino no.»
El derrumbe empezó antes
Fechar todo en 2014 es cómodo, pero incompleto. La salida de los cristianos iraquíes venía de años atrás. Después de la invasión de 2003, el país entró en una espiral de inestabilidad, atentados y violencia sectaria. Hubo iglesias atacadas, negocios extorsionados y líderes religiosos secuestrados o asesinados. Muchas familias concluyeron que sus hijos estarían más seguros lejos.
El Estado Islámico tomó Mosul en junio de 2014 y proclamó allí su califato. En agosto, su avance vació en dos días pueblos enteros de la llanura de Nínive. Detrás quedaron casas, granjas, escuelas y siglos de historia.
La fe en Mesopotamia no llegó desde Occidente. Comunidades asirias, caldeas, sirias y armenias levantaron iglesias y monasterios mucho antes de que existiera el Irak moderno. Conservaron liturgias en siríaco, emparentado con la lengua que se hablaba en esa región en tiempos de Jesús.
La fe no vive de multitudes
Irse dejó de ser una decisión de una noche y se volvió una decisión de cada año. Un joven se va a estudiar y no regresa. Una familia se reúne con los parientes que ya están en Europa, Australia o Estados Unidos.
La congregación se encoge, la escuela cristiana pierde alumnos y los que quedan encuentran menos con quién casarse. La emigración termina produciendo más emigración.
Un templo vacío impresiona, pero no decide nada. Jesús dijo: «sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mateo 16:18, RVR1960). Esa promesa no está atada a un pueblo, a un edificio ni a una bandera. La iglesia puede apagarse en una tierra; el Reino no.
Los creyentes dispersos siguen adorando en Ammán, Detroit, Sídney o Estocolmo. La misma fe que sostuvo a sus abuelos bajo imperios hostiles los sostiene ahora fuera de casa. Dios no pierde a los suyos por un cambio de dirección.
Qué hacer desde aquí
Hay dos extremos cómodos. Uno es ver el sufrimiento ajeno como espectáculo y pasar la página. El otro es convertir a los perseguidos en bandera de un partido. Ninguno de los dos ayuda a nadie.
El camino es más sencillo y más costoso. Ora por las familias que reconstruyen, por los pastores que se quedaron, por los jóvenes que dudan entre irse y quedarse. Búscate información verificable en lugar de cadenas de mensajes. Y si puedes, sostén a quienes acompañan a esas comunidades en la reconstrucción.
«Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la que está por venir» (Hebreos 13:14, RVR1960). Eso no te vuelve indiferente al lugar donde naciste; te vuelve libre. Puedes amar tu tierra, tu idioma y tus raíces sin poner en ellas tu esperanza.
Esta semana aparta unos minutos para orar por la iglesia en Irak y busca un dato verificado sobre su situación. Y responde con honestidad: si la iglesia empezara a apagarse donde vives, ¿qué harías distinto?