Gen Z cristiana: ¿avivamiento o algoritmo?
Los creadores cristianos llenan YouTube, TikTok y pódcast; una pantalla, en cambio, no puede pastorear a nadie.
Tu feed está lleno de predicadores de veinte años. En YouTube, TikTok y pódcast, la fe de la Gen Z se ve por todas partes. La pregunta no es si hay avivamiento o algoritmo, sino qué hace Dios con ambos.
El púlpito cabe en el bolsillo
Un chico graba desde su cuarto por la noche y en dos días lo ven más personas que las que caben en el estadio de tu ciudad. Eso es bueno. No tiene sentido fingir lo contrario.
La tecnología no es el enemigo. Es una herramienta que Dios sostiene, y cualquier persona puede usarla para bien o para mal, igual que un micrófono o un boleto de avión.
«El algoritmo mide atención, no santidad.»
Pero la herramienta trae sus reglas. El algoritmo mide atención, no santidad. Premia el gancho, no la fidelidad. Un hermano con cien suscriptores puede decirte en diez minutos lo que un video de un millón de vistas no te dice en un año.
Probablemente escuchas pódcast, y está bien. No voy a pedirte que apagues el celular ni a decir que todos los creadores cristianos son un peligro. Lo que me preocupa es otra cosa: que confundamos el alcance con la comunión.
Lo que el algoritmo no puede hacer
Nadie nace de nuevo por darle play. La Escritura dice de dónde viene la fe: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17, RVR1960). El Espíritu puede usar un parlante para despertar a alguien.
Pero el mismo Espíritu que te despierta te mete en un cuerpo, y ese cuerpo se reúne. El video te alcanza a las 11:00 p. m.; la iglesia te ve a las 11:00 a. m., cuando llegas con la cara larga.
Ahí alguien te llama por tu nombre, nota que faltaste dos domingos y te pregunta cómo va tu trabajo. Nada de eso cabe en una pantalla, por nítida que sea.
Hebreos lo dice sin rodeos: «no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca» (Hebreos 10:25, RVR1960). No habla de un canal ni de una comunidad de comentarios. Habla de personas que se ven la cara.
Hay un segundo asunto: el dinero. Cuando alguien cobra por un púlpito, por una entrevista o por acceso al mensaje, conviene frenar. La Escritura sostiene que el pastor vive de su trabajo y advierte contra quienes hacen del evangelio una mercancía (véase 2 Corintios 2:17).
Un ministerio sano no esconde cómo se sostiene. Si no puedes ver por dónde entra y sale el dinero, hazte una pregunta sencilla: ¿el evangelio se comparte o se cobra?
Antes de darle play
No necesitas desconfiar de todos, pero sí ser de los que preguntan. ¿Quién es esta persona y quién la conoce fuera de la cámara? ¿Está sujeta a una iglesia local con ancianos que puedan corregirla? ¿Qué hace con lo que recibe?
Generaciones anteriores discutían si se podía usar guitarra en el culto. La nuestra discute si se puede usar un algoritmo. La pregunta de fondo es la misma: ¿esto sirve a la gloria de Dios y al bien de las personas?
Empieza con algo pequeño. Toma al creador cristiano que más escuchas y busca quién lo pastorea. Si no encuentras a nadie, ya aprendiste algo.
Después escribe el nombre de tres personas de tu iglesia que te conocen lo suficiente para decirte la verdad. Si no te sale ninguna, ese es el próximo paso, y no depende del celular.
Entonces, ¿a quién sigues tú, y quién te conoce por tu nombre? Cuéntame en los comentarios.