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Dan gloria a Dios al ganar: ¿y cuándo pierden?

La fe no es recibo de la victoria; el mismo Dios sostiene también la temporada que se pierde.

Por Tomás Aguirre · La Cancha
· 3 min de lectura
Dan gloria a Dios al ganar: ¿y cuándo pierden?
Foto: princess / Pexels

Cuando un jugador de la NFL toma el micrófono y le da la gloria a Dios, algo se mueve. Me alegra. Y me deja una pregunta incómoda: ¿qué pasa con esa fe cuando el marcador no acompaña?

La fe no es un recibo de pago

Hay una tentación silenciosa: usar a Dios como patrocinador. Ganamos, entonces Dios estuvo con nosotros. Perdemos, entonces algo falló en nuestra fe.

Ese razonamiento convierte la oración en fórmula y a Dios en un empleado. La Biblia va por otro camino: «En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios también hizo esto delante de lo otro, para que el hombre no halle nada tras de él» (Eclesiastés 7:14, RVR1960).

«La fe que solo funciona los días buenos es un recibo.»

— Tomás Aguirre

Fíjate en el verbo: considerar. En el día malo no se trata de apretar los dientes ni de buscar el pecado escondido que explicaría la derrota. Se trata de pensar, de mirar más allá del marcador. Dios hizo los dos días. El que te da un touchdown y el que te deja en la banca es el mismo Dios.

Eso rompe el evangelio del resultado, ese que se cuela en los vestidores y en nuestras propias conversaciones. Si la fe funcionara como un recibo, el que pierde quedaría sin Dios. Y no funciona así.

La plataforma es vocación, no premio

Cuando un creyente llega a un escenario grande, ese puesto es un lugar de trabajo. Unos segundos frente a una cámara pueden llegar más lejos que un sermón, y eso trae una responsabilidad que pesa.

También trae su tentación: hablar de Dios para quedar bien. La Escritura no separa el mensaje del mensajero. Pablo escribió que el trabajo se hace de corazón, mirando al Señor antes que a la gente (véase Colosenses 3:23). Eso aplica igual al que firma autógrafos y al que nadie reconoce en la banca.

El mismo llamado cubre al que corre en un estadio lleno y al que juega en una cancha de barrio un martes por la noche. Tu trabajo, el que sea, es el lugar donde te toca servir hoy.

Cuando el récord dice cuatro victorias y 13 derrotas

Dar gloria a Dios después de ganar es relativamente fácil. Hacerlo después de una temporada perdedora, con la lesión, la banca o el corte del equipo, cuesta de verdad. Ahí se ve si la fe depende del resultado o del Dios que no cambia.

No voy a prometerte que la próxima temporada será mejor. La Biblia no promete eso, y quien lo promete está vendiendo algo. Lo que sostiene la Escritura es más grande: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Romanos 8:28, RVR1960).

Todas las cosas no significa final feliz en el deporte. Significa que ni la peor derrota queda fuera de los planes de Dios, y que su meta contigo es formarte a la imagen de su Hijo (véase Romanos 8:29). Eso vale para el que levanta el trofeo y para el que vacía su casillero en silencio.

Esta semana, cuando algo te salga mal, un examen, un entrenamiento o una entrevista, detente un minuto antes de buscar explicaciones. Recuérdate en voz alta a quién le perteneces. La fe que solo funciona los días buenos es un recibo. La que aguanta los días malos descansa en un Dios que ya ganó la batalla que importaba.

¿A quién le das gloria cuando pierdes?

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