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Cuando el estadio escucha el nombre de Jesús

Un festejo dura segundos; lo que declara puede durar mucho más que el partido.

Por Tomás Aguirre · La Cancha
· 3 min de lectura
Cuando el estadio escucha el nombre de Jesús
Foto: Furkan Parakat / Pexels

Levantar la camiseta, mostrar lo que va debajo del uniforme y dejar que el estadio lea. Por unos segundos, el nombre de Jesús suena donde casi nunca suena. La pregunta incómoda es esta: ¿y si ese día hubiera perdido?

El gesto es pequeño: una prenda escondida, unos centímetros de tela con una frase. Pero dice algo grande. Quien la levanta afirma que pertenece a Cristo antes que a un club, y que su cuerpo, su talento y su oficio tienen dueño.

Eso es lo valioso del momento: no el gol, sino la confesión. Y es también su punto débil, porque es fácil convertir la fe en un intercambio. Me fue bien, entonces Dios está conmigo.

«El amuleto se usa para conseguir algo; la fe descansa en alguien aunque no consiga nada.»

— Tomás Aguirre

Confesar a Cristo no es un amuleto

Cuando la fe aparece solo en los días buenos, deja de ser confianza y se vuelve amuleto. El amuleto se usa para conseguir algo; la fe descansa en alguien aunque no consiga nada.

Job lo dijo después de perder casi todo: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (Job 1:21, RVR1960). No lo dijo en la celebración. Lo dijo en medio del desastre.

Si el nombre de Jesús se escucha únicamente cuando entra la pelota, el mensaje que queda es que Dios paga cuando ganas. Eso no es el evangelio. Eso es un patrocinio, y los patrocinios se terminan cuando el rendimiento baja.

La gloria no depende del marcador

El deporte es vocación, no vitrina. El atleta es imagen de Dios antes de ser figura pública, y su trabajo tiene valor en sí mismo, gane o pierda. Pablo lo escribió sin pensar en estadios: «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31, RVR1960).

Dios es soberano sobre el resultado. También sobre el cero a tres, la lesión, la banca y el silbato final. Un gol no lo hace más Señor; una derrota no lo hace menos.

El riesgo del que mira desde la tribuna es distinto: convertir al jugador en ídolo. Admirar su valentía está bien. Pedirle lo que solo Cristo da, no. Ningún atleta puede cargar con tu esperanza, y ninguno debería.

Tu cancha no tiene tribuna

Casi ninguno de nosotros va a levantar una camiseta frente a miles de personas. Pero todos tenemos un lugar donde la fe se nota o se esconde: el salón de clases, la oficina, el grupo del equipo, la mesa de casa. Da igual si vives en Buenos Aires, en Miami o en una ciudad donde nadie te conoce.

Ahí no hace falta un gesto enorme. Hace falta coherencia: llegar temprano, no reírte del que todos molestan, hablar de Cristo cuando alguien pregunta y también cuando nadie pregunta.

Confesar a Jesús no es un show de un segundo. Es una vida entera, incluso cuando el marcador no acompaña.

Esta semana elige a una persona concreta —un compañero de clase, alguien del trabajo, un primo— y busca una conversación honesta. No prepares un discurso: cuenta lo que Cristo hizo y por qué confías en él. ¿Dónde te toca hablarlo hoy?

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