Brad East propone borrar las redes; yo matizo
El teólogo Brad East defiende borrar las cuentas para siempre; creo que la meta cristiana es la mayordomía, no la desaparición.
En un artículo en Christianity Today en español, el teólogo Brad East plantea que los cristianos deberían borrar las redes sociales: no desactivar cuentas, sino eliminarlas. Su diagnóstico me convence; su receta, no del todo.
El diagnóstico que sí comparto
East sostiene que la fuerza de voluntad individual no compite contra los algoritmos, y tiene razón. Silicon Valley invirtió miles de millones en capturar nuestra atención, y ninguna resolución de año nuevo le gana. Su comparación con el alcohólico que promete sobriedad mientras duerme en un bar es dura y precisa.
También acierta al traer Romanos 7:15 al tema sin convertirlo en moralina. Pablo no habla de un defecto de carácter: habla de la condición humana. Si te da vergüenza reconocer cuántas horas pasas deslizando el dedo, ese versículo te quita la máscara y te da compañía al mismo tiempo. No estás roto; estás en la fila de los noventa y nueve.
«Convertir una decisión personal en norma universal es un lujo que no todos pueden pagar.»
Donde empiezo a discutir es en el paso siguiente. East cita 1 Corintios 10:23 —«Todo me es lícito, pero no todo conviene» (1 Corintios 10:23, RVR1960)— para decir que la carga de la prueba cae sobre quien usa las redes. Con el criterio estoy de acuerdo. Con lo que deduce después, no.
Borrar la cuenta no es un título de madurez
East cuenta que borró sus cuentas hace unos cinco años y que desde entonces recomienda esa decisión. Creo que su experiencia es real, y que para algunas personas borrar es exactamente lo que Dios pide. Lo que me incomoda es la generalización: «necesitas salirte, y hacerlo para siempre».
Me pregunto si la desconexión se está volviendo una nueva insignia de espiritualidad. Un joven en Miami que atiende clientes por WhatsApp e Instagram, o una muchacha en Bogotá que estudia y además lleva los pedidos del negocio familiar, no tienen la misma libertad que un profesor universitario con trabajo estable y una iglesia que lo conoce bien. Convertir una decisión personal en norma universal es un lujo que no todos pueden pagar.
Hay algo más de fondo. Si el problema es el efecto de red —que todos están ahí y por eso nadie siente que pueda salirse—, la respuesta bíblica no es el individuo que se marcha solo, sino una comunidad que muestre otra forma de vivir. La iglesia local formando hábitos de atención, no un creyente aislado protegiendo su alma a la defensiva.
Mayordomía del tiempo, no exilio
Pienso en la mayordomía. El tiempo es un don recibido, y las plataformas donde trabajas, testificas y hablas con tu familia también son un terreno que se te confió. Usarlas con límites, con horarios y con alguien que te pregunte la verdad puede ser tan fiel como no tenerlas.
También creo que hay presencia misional posible ahí. Un comentario con respeto, un mensaje de ánimo a alguien que está mal, una publicación que no busca aplausos: eso también es vida cristiana. No digo que eso compense el daño que las plataformas hacen. Digo que el daño no se resuelve solo con éxodo.
Lo que sí me llevo de East es su pregunta incómoda: ¿por qué sigues ahí? Si tu respuesta honesta es «porque no soporto perderme algo» o «porque me da ansiedad dejarlo», eso se llama esclavitud, no razones. Ahí hay que moverse, y rápido.
Hazle caso a la parte del artículo que más te incomoda y menos a la que más te conviene. Durante siete días, deja el celular fuera de tu alcance en las dos primeras horas del día y en la última. Cuéntale a un amigo de tu iglesia cómo te fue, sin adornos ni defensas.
Al terminar la semana, decide con honestidad: quizá borres todo, quizá te quedes con una sola plataforma y reglas claras. Cualquiera de las dos puede ser obediencia. Lo que no puede ser obediencia es dejarlo igual mientras te repites que no es pecado. ¿Qué tendría que cambiar para que tu tiempo en línea deje de gobernarte?