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Un aficionado cumple su sueño: orar con Kenji Gorré

La escena ocurrió después del partido ante Curazao, según nacion.com, y deja una pregunta sobre los ídolos que cargamos.

Por Tomás Aguirre · La Cancha
· 3 min de lectura
Un aficionado cumple su sueño: orar con Kenji Gorré
Foto: Wikimedia Commons (Kenji Gorré, 2015)

Después del partido ante Curazao, un aficionado costarricense cumplió su sueño de orar con Kenji Gorré, según nacion.com. Los detalles del momento no se han dado a conocer: ni las palabras, ni cuánto duró, ni cómo fue.

El dato que queda es sencillo: un hincha quiso orar con Kenji Gorré, y lo logró. En voz baja o en voz alta, pero juntos, delante de Dios.

Un sueño que cupo en una oración

En una cancha se persiguen firmas, camisetas y fotos. Es parte del folclor y no tiene nada de malo. Me detengo en otra cosa: el gesto apunta hacia arriba.

«De todo lo que se puede buscar después del pitido final, es lo menos rentable y lo más honesto.»

— Tomás Aguirre

Una oración no engorda el currículum de nadie. No da seguidores y no se presume en redes. De todo lo que se puede buscar después del pitido final, es lo menos rentable y lo más honesto.

Me pregunto qué se habrá dicho en esa oración. Si fue un pedido puntual, un agradecimiento, o ese silencio incómodo de cuando uno no sabe cómo hablarle a Dios.

La Escritura no exige discursos elegantes: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.» (Filipenses 4:6, RVR1960). Peticiones conocidas, nada más. No hace falta el vocabulario correcto ni la postura perfecta.

La fe no reparte puntos ni fichajes

Vale aclarar algo, porque el deporte tienta: la fe no es un amuleto. Orar no asegura un marcador, un contrato ni un puesto en el equipo. Cuando la fe se convierte en fórmula para ganar, deja de ser fe y pasa a ser superstición. Y la superstición siempre busca un ídolo al que colgarle el resultado.

Pienso en lo que ocurre cuando un atleta pasa de ser persona a ser póster. Se le pide todo: goles, palabras, coherencia, consuelo. Nadie aguanta ese peso, y ese peso no es suyo.

Admirar a un atleta tiene su lugar. Pedirle lo que solo Dios puede dar —identidad, seguridad, un lugar al que pertenecer— ya es otra cosa.

Orar con alguien pone las cosas en su lugar. Los dos quedan del mismo lado: necesitados, escuchados por el mismo Dios. Ni fan ni ídolo. Dos personas.

«Hijitos, guardaos de los ídolos.» (1 Juan 5:21, RVR1960). Cinco palabras que desarman media tribuna.

Tu oración de esta semana

No se trata de convertir la cancha en templo ni de repartir versículos en la grada. Se trata de que la fe esté también donde está tu vida normal: en la fila, en el bus, en la tribuna.

Esta semana puedes hacer algo parecido, sin cancha ni cámara. Elige a una persona: un amigo que está mal, tu hermano, alguien de tu iglesia. Ora con ella, en persona o por llamada. Unos minutos alcanzan.

No necesitas la oración perfecta. Necesitas estar. Si te cuesta empezar, di dos cosas: el nombre de la persona y lo que necesita. Dios ya lo sabe, pero nombrarlo te ordena a ti también.

No se ha dado a conocer qué se dijo en esa oración. Lo que sí quedó claro es que un hincha se fue con el sueño cumplido. Si estuvieras en su lugar, ¿qué le pedirías tú a Dios? Y más importante: ¿por quién vas a orar esta semana?

Fuentes

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