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OpiniónAnálisis

Las advertencias sanitarias no cambian el corazón

El aviso informa del riesgo, pero el hábito que roba sueño, estudio y culto se decide en otro lugar.

Por Leo Castañeda · Código
· 3 min de lectura
Un estetoscopio junto a una hoja en blanco sobre un escritorio
Foto: Tara Winstead / Pexels

Ves el aviso, sigues scrolleando. En un artículo en Movieguide se pregunta si las advertencias sanitarias en redes sociales podrían ayudar a los jóvenes a desconectarse. No te falta información: te falta algo que la información no da.

El aviso llega; el hábito se queda

Piensa en la etiqueta de un paquete de cigarros. Lleva años ahí, con letras grandes, y la gente sigue comprando. La advertencia hace su parte: te recuerda el riesgo. Pero no toca la razón por la que enciendes.

Con las redes pasa algo parecido. Sabemos que dormimos menos, que comparamos más, que abrimos la app sin haberlo decidido. El problema no es de datos, es de deseo. Y el deseo no se corrige con un banner en la pantalla.

«La etiqueta no te va a desconectar.»

— Leo Castañeda

La Escritura lo dice con una franqueza que incomoda: «Todas las cosas me son lícitas, mas no todas me convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna» (1 Corintios 6:12, RVR1960). Pablo no prohíbe todo lo que existe. Pregunta quién manda. Ese es el examen.

Por eso me pregunto si el aviso sirve de algo. Creo que sirve poco si nadie te acompaña después. La etiqueta no te va a desconectar. Eso lo hace una decisión sostenida por otros, no una alerta sostenida por un servidor.

Las horas que nadie te devuelve

Una hora de scroll antes de dormir es una hora de sueño. Media hora en la fila del campus es media hora de estudio. El domingo en la mañana, el celular compite con el culto, y a veces gana sin que lo notemos.

Nada de esto es tecnofobia. Para muchos jóvenes hispanos, esa pantalla es el único lazo con la familia que quedó lejos: la llamada a la abuela, los audios de la tía, el culto que se transmite desde la iglesia de allá. Quien vive entre Bogotá y Miami sabe que el celular también es ternura. El celular no es el enemigo; el desorden sí.

Entonces conviene cambiar la pregunta: en lugar de contar horas, mira qué dejas de hacer mientras estás ahí. ¿Quién te esperaba? ¿Qué oración se quedó sin hacer? Efesios lo pone directo: «Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos» (Efesios 5:15-16, RVR1960).

Mayordomía, no culpa

Aquí el aviso sanitario se queda corto. Informar está bien, pero la Biblia no nos manda a saber más: nos manda a gobernar mejor lo que recibimos. Mayordomía es cuidar el cuerpo, el tiempo y la atención como algo prestado. El dominio propio aparece en Gálatas 5:22-23 como fruto del Espíritu, no como logro personal. Por eso la culpa es mala consejera y la fuerza de voluntad, un cimiento flojo.

Se logra con gente. Necesitas a alguien con permiso para decirte «ya van tres horas» sin que te ofendas. Una iglesia local hace lo que ninguna etiqueta puede: te conoce por tu nombre y te espera el domingo.

Un aviso en la pantalla te dice que algo anda mal. Un hermano te ayuda a cambiarlo. La diferencia entre los dos es la comunidad, y esa no viene incluida en la próxima actualización de la app.

Esta semana prueba algo pequeño: deja el celular fuera del cuarto una hora antes de dormir y cuéntaselo a alguien que te pueda preguntar el viernes cómo te fue. Si fallas, mejor: ahí empieza la conversación honesta. ¿A quién le estás rindiendo cuentas hoy?

Fuentes

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