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OpiniónAnálisis

Los traumas infantiles no se borran, pero puedes sanar

EcoAvant relaciona los traumas de la niñez con peores resultados en la adultez temprana; la fe no promete borrón y cuenta nueva.

Por Daniel Herrera · Respira
· 3 min de lectura
Los traumas infantiles no se borran, pero puedes sanar
Foto: Prensa oficial de UTHealth Houston (UTHealth Houston School of Behavioral Health Sciences)

En un artículo en EcoAvant se plantea que múltiples traumas infantiles se asocian con peores resultados en la adultez temprana. La frase es corta y pesa, porque nombra un patrón que muchas familias prefieren no mirar de frente.

Creo que ahí hay un acierto: el artículo habla de asociación, no de sentencia. Una asociación describe lo que suele ocurrir; no dicta lo que tiene que ocurrir contigo. Esa distancia importa mucho para alguien de 20 años que siente que ya llegó tarde a todo.

Un patrón que conviene mirar de frente

En muchas casas latinas el sufrimiento se administra en silencio. «No te quejes», «otros han pasado cosas peores», «échale ganas». Esas frases nacen de amor y de cansancio, pero enseñan a esconder lo que duele. Con los años, el silencio aparece como ansiedad, insomnio, enojo sin motivo o una tristeza que no se explica con café.

«Nadie sana en aislamiento, pero tampoco estás condenado a repetir lo que viste.»

— Daniel Herrera

Hay algo que suele pasarse por alto. Quien migró, quien cruzó una frontera o quien dejó su país siendo niño cargó con pérdidas que nadie le ayudó a nombrar. Y muchos hijos de esa generación sienten que no tienen derecho a quejarse, porque sus padres se sacrificaron. Eso no es falta de gratitud. Es duelo sin espacio.

Nombrarlo no es debilidad ni falta de fe. Los Salmos están llenos de gente que le dice a Dios exactamente lo que siente, sin maquillaje y sin «estoy bien».

Lo que ninguna estadística puede hacer por ti

Un estudio puede mostrarte el mapa del daño, pero no te lleva de la mano al médico. Ese paso es tuyo y casi nunca se da solo.

Aquí quiero ser claro con algo que en la iglesia se ha manejado mal: la oración no reemplaza la terapia, y buscar ayuda profesional no es señal de poca fe.

La fe sin obras está muerta, escribió Santiago. Pedir ayuda es una obra concreta. Un psicólogo competente, un consejero cristiano y un pastor con criterio pueden trabajar en la misma dirección.

Tampoco se trata de poner a tus padres en el banquillo. Casi todos hicieron lo que pudieron con lo que tenían. Nombrar el daño es aprender a cargarlo acompañado, no repartir culpas.

Una fe donde el dolor se puede decir

Lo que más me convence del evangelio es que no te pide llegar entero. El salmista escribió: «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.» (Salmos 34:18, RVR1960). No dice que esté cerca de los que ya sanaron. Dice de los quebrantados.

Pablo añadió algo parecido: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.» (Gálatas 6:2, RVR1960). Sobrellevar es poner el hombro. No es dar un consejo rápido ni cambiar de tema cuando alguien empieza a llorar.

Por eso creo que la adultez temprana es una ventana real. Entre los 18 y los 30 la vida sigue siendo moldeable: puedes cambiar hábitos, buscar comunidad, aprender a hablar de ti mismo de otra manera. Nadie sana en aislamiento, pero tampoco estás condenado a repetir lo que viste.

Esta semana puedes dar un paso pequeño. Elige a una persona segura —un amigo de confianza, un pastor, un profesional de la salud— y cuéntale una parte de tu historia. No toda. Una parte.

Si el peso es grande, háblalo con un adulto de confianza, con un profesional de la salud o con tu pastor. En una emergencia, llama a los servicios de emergencia de tu país, y consulta el directorio https://findahelpline.com para encontrar la línea de ayuda de tu país.

¿A quién le contarías tu historia esta semana?

Fuentes

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