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OpiniónAnálisis

Sabes que necesitas ayuda, pero ¿dónde?

La Biblia no reprende a quien dice que está mal; la iglesia puede ser el lugar donde alguien te escuche sin costo.

Por Daniel Herrera · Respira
· 3 min de lectura
Sabes que necesitas ayuda, pero ¿dónde?
Foto: PNW Production / Pexels

Un titular de Meganoticias.mx afirma que los adolescentes no encuentran espacios para atender su salud mental. Si sabes que necesitas ayuda y no sabes a quién acudir, ese titular te nombra.

Me detengo en la segunda mitad: «no encuentran espacios». El problema no siempre es querer hablar. Muchas veces es no tener claro dónde, con quién ni a qué costo. Cuando eso se junta con la culpa de pensar que no deberías sentirte así, la conversación nunca empieza.

El primer muro no es la vergüenza

Antes de contar lo que te pasa tienes que resolver otras cosas. ¿A quién le escribes? ¿Hay alguien que hable tu idioma, literalmente? ¿Cuánto cuesta una sesión y quién la paga? ¿Tienes tiempo, transporte o un lugar privado donde hablar? Para un joven que vive entre dos culturas y que a veces no tiene con qué pagar una consulta, esas preguntas pesan más que el miedo a lo que dirán.

«Pedir ayuda no es falta de fe.»

— Daniel Herrera

Pedir ayuda no es falta de fe. Leo la Biblia y no encuentro a nadie reprendido por decir que estaba mal. David pregunta por qué su alma está abatida. Elías pide morir y recibe comida y descanso antes que un sermón. Job discute con Dios durante capítulos enteros. La Escritura trata el dolor como algo que se dice en voz alta, y no como algo que se esconde para no parecer débil.

«Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros» (1 Pedro 5:7, RVR1960). Ese versículo no es un método ni una promesa de que todo se arregla hoy. Es una invitación a soltar el peso en alguien que sí puede sostenerlo.

Lo que la iglesia puede dar

Creo que una iglesia local —en Chicago, en Santiago de Chile o en la ciudad donde vives— es uno de los pocos lugares donde alguien puede escucharte sin cobrarte la sesión. Ahí te conocen. Alguien nota si faltaste dos domingos. Eso vale, y vale mucho.

Pero quiero ser honesto contigo: acompañar no es lo mismo que tratar. Que un hermano ore contigo es un regalo enorme; también lo es sentarte con alguien formado para trabajar lo que te ocurre. La oración y la ayuda profesional no compiten. Espiritualizar el dolor —decirte que solo te falta fe— hace daño y aleja a la gente de la iglesia.

Por eso me pregunto si nuestras comunidades están listas para escuchar sin diagnosticar. Recibir a alguien que llora, sin apurarlo a estar bien, sin convertirlo en proyecto ni en testimonio. «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo» (Gálatas 6:2, RVR1960). Sobrellevar es cargar con el otro, no darle un consejo y seguir caminando.

Un paso para esta semana

No necesitas tener el discurso perfecto. Si un amigo te dice que está cansado de todo, quédate. Escúchalo sin interrumpir, sin comparar su historia con la tuya, sin prometer lo que no puedes cumplir. Pregúntale qué necesita hoy y ofrécele acompañarlo a buscar ayuda.

Si el malestar no baja, habla con un adulto de confianza, con un profesional de la salud o con tu pastor. En una emergencia, llama a los servicios de emergencia de tu país. Puedes buscar opciones de apoyo en el directorio https://findahelpline.com.

Y si tú ya encontraste un lugar donde te escuchan —una iglesia, una clínica, un consejero— cuéntalo en los comentarios. Tu respuesta puede ser el dato que alguien más está buscando.

Fuentes

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