Pedir ayuda no es falta de fe
La ansiedad no se vence con más esfuerzo; se atiende con honestidad, comunidad y ayuda profesional.
Son las dos de la mañana y sigues despierto, con el celular en la mano y el pecho apretado. Si eso te suena, quiero decirte algo con calma: pedir ayuda no es falta de fe.
Quizá lo escuchas en tu grupo de estudio, en el trabajo o en casa: esa ansiedad que no se va y esa tristeza que se queda pegada. Se habla más de salud mental que antes, y aun así entre jóvenes hispanos sigue apareciendo la misma respuesta: «échale ganas». Como si el problema fuera de esfuerzo. Como si descansar fuera flojera.
Lo que sientes no es pecado
Hay una idea muy extendida: que un cristiano con ansiedad es un cristiano con fe débil. No es así. La Biblia no trata la angustia como una vergüenza que hay que esconder. David la escribió en sus canciones. Job la gritó. Jesús mismo, en Getsemaní, dijo que su alma estaba muy triste. Si el Hijo de Dios nombró lo que sentía, tú también puedes.
«Pedir ayuda no es falta de fe»
Eso no quiere decir que todo lo que sentimos sea verdad. La ansiedad distorsiona: te muestra un futuro sin Dios y sin nadie cerca. Pero nombrarla delante de Dios y delante de alguien es el primer paso, y no es debilidad: es honestidad. Como dice el salmo: «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu» (Salmos 34:18, RVR1960).
La ayuda tiene nombre y apellido
No fuiste creado para cargar solo. Dios suele cuidarnos por medios ordinarios: una amiga que te escucha sin apurarte, un pastor que ora y no minimiza lo que cuentas, un profesional de salud mental que sabe lo que hace. Acudir a un psicólogo o a un médico es recibir la sabiduría que Dios da a las personas para cuidar la vida que él regaló. No es poner la fe en la ciencia por encima de Dios.
Hay dos errores que quiero evitar. El primero: decir que orar basta y que buscar tratamiento es poca fe. El segundo: pensar que la fe es un adorno y que el problema es solo químico. Los seres humanos somos cuerpo y alma, y Dios es Señor de ambos. Si hay síntomas que te impiden estudiar, comer o dormir, habla pronto con un profesional de la salud. Si aparecen pensamientos de hacerte daño, busca ayuda de inmediato: un adulto de confianza, los servicios de emergencia de tu país, o el directorio findahelpline.com para encontrar la línea de ayuda de tu país.
Sueño, comunidad y un paso hoy
Hay cosas pequeñas y concretas que sostienen: dormir lo suficiente, comer, moverte, dejar el celular antes de acostarte y no quedarte solo con lo que sientes. La comunidad también sana: una iglesia donde puedas llegar cansado sin actuar, un grupo pequeño que ore contigo, gente que te conozca por tu nombre. Tu cuerpo es un regalo que administras, no una máquina que fuerzas hasta que aguante.
Y cuando nada cambie rápido, la esperanza no está en sentirte mejor mañana. Está en Aquel que dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28, RVR1960). Ese descanso no siempre llega como una cura instantánea; muchas veces llega como una persona que camina contigo.
Esta semana, elige a alguien. Escríbele un mensaje corto: «¿Puedo contarte algo?». Ese paso, pequeño y valiente, es cuidado del don de tu vida. ¿A quién le escribes hoy?