¿Pantallas o algo más hondo?
La Gaceta titula su análisis «¿La generación ansiosa o la más educada de la historia?» y deja abierta la respuesta.
En La Gaceta se plantea una pregunta incómoda: «¿La generación ansiosa o la más educada de la historia?». Creo que el debate sobre pantallas o algo más hondo nos deja mirando el dedo en vez de la luna.
Una etiqueta no alcanza para una generación
El titular enfrenta dos etiquetas, y las dos suenan a sentencia. Me pregunto quién gana cuando reducimos a millones de personas a un adjetivo.
Un joven que estudia y trabaja no cabe en ninguna de las dos casillas. Tampoco el que traduce para sus papás en una oficina de Chicago, ni el que toma el metro a las seis de la mañana en Santiago de Chile.
«No estás mal por scrollear. Estás cansado de sostener demasiado.»
No estás mal por scrollear. Estás cansado de sostener demasiado. Esa frase me gustaría verla más seguido en las conversaciones de iglesia, porque describe mejor lo que veo que cualquier gráfico.
Culpar al celular es un atajo cómodo. Creo que el celular influye en cómo dormimos y nos concentramos; no hace falta exagerar para reconocerlo.
Pero cuando la ansiedad se explica solo por el aparato, quedan intactas las raíces: la soledad de llegar a una casa vacía, la presión por rendir en la escuela y el trabajo, la sensación de que nada de lo que haces alcanza.
Lo que la fe aporta y lo que no promete
Aquí quiero ser claro, porque hay dos errores que se repiten.
Uno es espiritualizar el dolor y decirle a alguien angustiado que le falta fe. El otro es tratar la ansiedad como un defecto de carácter. Ninguno de los dos ayuda.
Creo que la fe y la ciencia se necesitan. Un profesional de la salud mental puede ordenar lo que en tu cabeza es un nudo. Tu pastor puede recordarte quién eres cuando la cabeza te dice otra cosa.
La oración no reemplaza la terapia, y la terapia no reemplaza a la comunidad que te conoce y te espera cada semana.
Muchos jóvenes hispanos cargan además un peso que casi nadie nombra: ser los primeros. El primero en la universidad, el que traduce en el consultorio, el que ayuda con la renta. Es mucho para una sola persona.
El descanso que Jesús ofrece
Jesús no empezó su invitación pidiendo calma. Dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28, RVR1960).
Fíjate en el orden: primero reconoce el cansancio, después promete el descanso. No te pide que finjas estar bien para acercarte.
La Escritura tampoco trata el cuerpo como un estorbo. Cuando Elías quería rendirse, Dios no le dio un sermón: le dio comida y sueño antes de hablarle (véase 1 Reyes 19:5-7).
Y el salmista escribe: «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu» (Salmos 34:18, RVR1960). Cercano, no lejos.
Entonces la pregunta útil es otra: ¿dónde descansas? Esa pregunta no se responde en abstracto, sino con personas concretas.
Esta semana, elige a alguien de confianza —un amigo, un adulto que te quiera, un profesional, tu pastor— y cuéntale lo que te pesa, sin editarlo. Si sientes que estás en peligro, llama a los servicios de emergencia de tu país. Para encontrar la línea de ayuda que funciona donde vives, visita findahelpline.com.
¿Qué es lo que más te está pesando hoy, y a quién se lo has contado?