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Diez minutos a pie contra el ruido de la cabeza

Cuidar el cuerpo es mayordomía de un regalo de Dios, y caminar acompañado es una forma concreta de amar al que va contigo.

Por Daniel Herrera · Respira
· 3 min de lectura
Diez minutos a pie contra el ruido de la cabeza
Foto: Tato Villanova / Pexels

No necesitas gimnasio ni plan: salir hoy, aunque no tengas ganas, diez minutos a pie. No hay fórmula que borre lo que te pesa, pero tu cuerpo es un regalo de Dios y cuidarlo es una forma de amar.

El cuerpo que Dios te dio no es un accesorio

Hay dos extremos y los dos cansan. Uno dice que la fe es cosa del alma, que el cuerpo es apenas un envase que se aguanta hasta que llegue el cielo. El otro convierte el cuerpo en vitrina: medidas, rutinas, comparación en redes.

La Biblia no separa lo que Dios unió. Cuando terminó la creación, Dios vio que todo era bueno en gran manera (véase Génesis 1:31). Eso incluye el cuerpo que tienes hoy, con sus límites y sus cicatrices.

«Tu cuerpo es un regalo de Dios y cuidarlo es una forma de amar.»

— Daniel Herrera

Pablo escribió a una iglesia rodeada de ídolos algo que sigue vigente: «vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo» (1 Corintios 6:19, RVR1960). Templo, no estorbo. Dormir, comer, moverte, descansar: nada de eso es un detalle menor.

Es mayordomía de algo que no fabricaste y que no te pertenece del todo. Eso quita culpa y también quita excusas. No caminas para merecer nada; caminas porque te dieron un cuerpo y porque quien te lo dio es bueno.

Nadie camina bien solo

Las pantallas prometen compañía y a las once de la noche dejan a cualquiera solo en su pieza. Un chat no reemplaza una vereda.

Caminar con alguien tiene algo que ninguna videollamada logra: van al mismo ritmo, sin mirarse todo el tiempo, y hablar se vuelve más fácil. A veces no se habla. También eso sirve.

Eclesiastés lo dijo hace siglos: «si cayeren, el uno levantará a su compañero» (Eclesiastés 4:10, RVR1960). El mismo texto añade un lamento por el que cae solo. Piénsalo al revés: tu caminata de mañana puede ser el rato donde un amigo se atreva a contar lo que no ha contado.

Invitar a alguien no es un proyecto de evangelismo. Es amistad. Y la amistad es una de las formas más concretas en que Dios cuida a sus hijos: por medio de personas con nombre y con tiempo.

Un paso concreto para esta semana

Elige un día. Escribe un mensaje: «¿Caminamos?». Guarda el celular y no lo saques hasta despedirte. Sal veinte o treinta minutos, o los que te den las piernas. Si no tienes con quién, ve solo y ora mientras caminas; también cuenta.

Y si lo que llevas dentro es más grande que una caminata —una tristeza que no se va, un miedo que te despierta—, no lo cargues solo. Habla con un adulto de confianza, con un profesional o con tu pastor.

En una emergencia, llama a los servicios de emergencia de tu país. El directorio findahelpline.com reúne líneas de ayuda por país.

La esperanza no está en caminar más ni en sentirte mejor cada día. Está en Cristo, que resucitó con cuerpo y prometió que el nuestro también será transformado (véase 1 Corintios 15:42-44). Cuidar el cuerpo hoy es una señal pequeña de esa esperanza.

¿A quién le vas a escribir esta semana para caminar?

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