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Deudas jóvenes: cómo frenar la bola de nieve

El crédito en apps y las cuotas hacen pasar por ingreso lo que en realidad es deuda; así se arma la bola de nieve.

Por Andrés Salazar · Bolsillo
· 3 min de lectura
Deudas jóvenes: cómo frenar la bola de nieve
Foto: https://kaboompics.com/ / Pexels

El crédito llega antes que tu primer sueldo fijo; la cuota mínima se come el mes. Las deudas jóvenes no empiezan con un gasto enorme, sino con pagar el mínimo y tapar el hueco con otro crédito.

La cuota que se siente como ingreso

Las apps de crédito y el «compra ahora, paga después» hicieron algo simple y peligroso: partieron el precio en pedacitos. Un celular ya no cuesta lo que cuesta; ahora cuesta «doce cuotas pequeñas». Tu cabeza registra el pedacito y olvida el total, y así puedes sentirte solvente mientras debes más que el mes pasado.

La Escritura no le teme a los números; le teme a lo que gobierna el corazón. «Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?» (Lucas 14:28, RVR1960). Calcular no es falta de fe: es mayordomía.

«La deuda joven casi nunca aparece por un gasto enorme; aparece por la espera que decidimos no tener.»

— Andrés Salazar

El problema de fondo no es la app ni el banco. Es el deseo que quiere todo hoy y no soporta esperar. La deuda joven casi nunca aparece por un gasto enorme; aparece por la espera que decidimos no tener.

El trabajo es vocación, no solo sueldo

Tu primer empleo importa más de lo que parece. Es la puerta al dinero, sí, pero también un lugar donde sirves, aprendes y reflejas a Dios en cómo trabajas. Cuando el sueldo se vuelve el único motivo, cualquier cuota parece justificable y cualquier jefe se vuelve enemigo.

Pablo escribió: «Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento» (1 Timoteo 6:6, RVR1960). El contentamiento no es conformismo ni resignación. Es libertad: puedo esperar, puedo decir que no y puedo vivir con menos sin sentirme menos.

Ahí está tu protección más barata contra la mora. No la da un curso de finanzas, sino un corazón que descansa en Cristo, que ya pagó lo que tú no podías pagar.

El paso que sí frena la bola

Una bola de nieve se detiene cuando deja de recibir nieve. En dinero, eso significa dejar de tapar un crédito con otro. Si estás pidiendo un préstamo para pagar la cuota de otro, no estás administrando: estás alimentando el problema.

El camino que funciona no requiere fórmulas mágicas. Primero, escribe todas tus deudas: a quién, cuánto y, sobre todo, cuánta tasa pagas. Muchos jóvenes no saben qué tasa tienen, y ese número explica por qué el saldo no baja aunque paguen cada mes.

Segundo, ordena la lista de la tasa más alta a la más baja y dirige ahí cada peso o dólar extra, sin dejar de cubrir lo mínimo en las demás. Tercero, no abras un crédito nuevo hasta cerrar el anterior.

Y no lo cargues solo. Habla con un adulto de confianza, con tu pastor o con alguien que ya salió de deudas y te diga la verdad sin burlarse. La deuda crece en secreto; se apaga cuando otra persona la ve contigo. La gracia de Dios no te humilla por deber: te da salida y te da compañía para caminarla.

Si tu deuda nació de un gasto para impresionar a otros, confiésalo sin drama. Si nació de una emergencia real, no cargues una culpa que no te toca: busca consejo y no sacrifiques tu comida ni tu generosidad por sostener una cuota que se puede renegociar.

Esta noche, antes de dormir, haz una lista con cada deuda y su tasa. Solo eso. Después pregúntate cuál vas a cerrar primero y cuéntaselo a alguien que pueda orar contigo y pedirte cuentas.

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