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Debes dinero: cómo salir de deudas sin culpa

Ordenar cada deuda por interés y armar un colchón pequeño cambia por completo el mes más apretado.

Por Andrés Salazar · Bolsillo
· 3 min de lectura
Debes dinero: cómo salir de deudas sin culpa
Foto: https://kaboompics.com/ / Pexels

«No le he contado a nadie cuánto debo». Si esa frase te suena, esto es para ti: salir de deudas no empieza con un golpe de suerte, sino con papel, lápiz y la decisión de dejar de esconderte.

La primera tarjeta llegó como una conveniencia: el pasaje, la comida, el arreglo del auto. Luego vino la segunda, y con ella la costumbre de comprar sin contar. Cada mes llega el estado de cuenta, y cada mes eliges no abrirlo.

Ese silencio pesa más que los intereses. La deuda se vuelve una cadena que aprieta en la garganta justo cuando alguien pregunta por tus planes. El problema va más allá de los números: el corazón prefiere el alivio de hoy a la libertad de mañana.

«Un número escrito deja de ser un fantasma y se vuelve una tarea.»

— Andrés Salazar

Paso uno: escribe todo lo que debes

Toma una hoja, o una nota en tu celular, y haz cinco columnas: a quién le debes, cuánto, qué interés paga, cuál es el pago mínimo y cuándo vence. Incluye lo incómodo: la tarjeta, el préstamo del tío, el celular a plazos, la tienda de la esquina. Ninguna deuda se queda fuera por vergüenza.

Escribirlo da miedo, y sirve. La Biblia no endulza el tema: «El rico se enseñorea de los pobres, y el que toma prestado es siervo del que presta» (Proverbios 22:7, RVR1960). La palabra siervo describe lo que sientes cuando el sueldo se va antes de llegar. Un número escrito deja de ser un fantasma y se vuelve una tarea.

Paso dos: la más cara primero, y un colchón

Ordena la lista por tasa de interés, de la más alta a la más baja. Paga el mínimo en todas y manda todo lo que puedas a la primera. Cuando la liquides, ese pago extra se suma al de la siguiente: es una bola de nieve al revés, porque va quitando peso.

Hazlo con lo que tienes, no con lo que esperas tener. Si tu ingreso cambia cada mes —turnos, propinas, trabajos por encargo— decide un porcentaje fijo y ajústalo. Vender lo que no usas, cocinar más en casa y cancelar suscripciones olvidadas liberan más de lo que crees.

Y antes de lanzar todo a la deuda, guarda un fondo pequeño para imprevistos: la llanta, la consulta, el pasaje de emergencia. Sin ese colchón, cualquier sorpresa regresa a la tarjeta y borra el avance.

La culpa no paga; la gracia sí te mueve

Si estás en Cristo, tu deuda no cambia cómo te ve Dios. No te salvas por tener el saldo en cero, ni te condenas por deber. La salvación es un regalo que se recibe por fe, no el premio por una buena administración. Por eso puedes mirar el saldo sin pánico.

La Escritura ordena: «No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley» (Romanos 13:8, RVR1960). Pagar lo que debes es una forma concreta de amar al otro, y también de cuidar lo que Dios te confió. No es un castigo; es mayordomía.

Cuidado con quien te prometa desaparecer tu deuda con un pago inicial, con una «palabra de fe» o con un esquema de referidos. La libertad financiera no se decreta; se construye con paciencia, y casi nunca sola.

Ahí entra la gente. Busca a alguien maduro —un amigo, tu pastor, alguien que ya salió— y muéstrale tu lista. Reúnanse una vez al mes. La deuda crece en secreto; se encoge a la luz.

Esta semana haz una sola cosa: escribe la lista completa, aunque sea fea, y muéstrasela a esa persona. Después pon fecha al primer pago extra. ¿A quién le rendirás cuentas?

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