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De esto sí se habla: cómo contarlo sin miedo

El cansancio del alma no mide tu fe, y contarlo a tiempo es un acto de confianza, no de derrota.

Por Daniel Herrera · Respira
· 3 min de lectura
De esto sí se habla: cómo contarlo sin miedo
Foto: Jessica Lewis 🦋 thepaintedsquare / Pexels

«Estoy bien», respondes, y nadie pregunta más. De esto sí se habla: de la ansiedad que no se va con dormir, del ánimo que se apaga, de la cabeza que no para de noche.

Tal vez crees que admitirlo te vuelve un cristiano flojo, que si confiaras de verdad no sentirías eso. Pero el cansancio del alma no mide tu fe. Vivimos en un mundo roto, con cuerpos y cerebros que también se agotan, y Dios te conoce mejor que tú.

La fe y la ciencia no están peleadas. Un consejero, un psicólogo, un médico y hasta un medicamento recetado son medios que Dios usa, igual que usa a un amigo que te escucha sin apurarte.

«El cansancio del alma no mide tu fe.»

— Daniel Herrera

Callar no es tener fe

En la iglesia aprendimos a responder «bien» por reflejo. En el grupo pequeño, en la casa, en el culto. Así el salón se llena de gente que sufre en silencio porque nadie quiere ser el problema de nadie.

Santiago lo dice claro: «Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados» (Santiago 5:16, RVR1960). Ahí la sanidad pasa por la comunidad, no por aguantar solo.

Hablar también es un regalo para el que está al lado: tu honestidad le da permiso para ser honesto. Y si te toca escuchar, no apures a nadie con soluciones. Acompañar es vocación. A veces significa quedarse callado junto a otro, sin llenar el silencio.

Elías se quebró, y Dios empezó dándole sueño

Elías llegó al punto de no querer seguir viviendo (véase 1 Reyes 19). Lo primero que Dios hizo no fue un sermón: le dio comida, agua y lo dejó dormir. Dos veces. Después habló, y su voz no llegó en el viento ni en el fuego, sino en un susurro.

Ese orden me detiene. Dios no lo reprendió por estar agotado. Cuidó su cuerpo antes de hablarle al alma. Cuando alguien te cuente que está mal, antes de mandarlo al altar, pregúntale si comió y si está durmiendo.

Tampoco espiritualices todo. «Ora más» puede ser la peor respuesta para quien ya no puede ni orar. La Escritura no promete que la tristeza se vaya repitiendo un versículo tres veces.

Lo que sí puedes hacer esta semana

Nombra lo que sientes con palabras comunes, no con etiquetas. No «estoy mal», sino «no duermo» o «me da miedo hablar en clase». Ponerle nombre es el primer paso para que alguien pueda ayudarte.

Elige a una persona adulta de confianza y cuéntale lo que pasa: un pastor, un familiar, el psicólogo de tu escuela o un médico. Si en algún momento sientes que tu vida corre peligro, busca los servicios de emergencia de tu país; en findahelpline.com puedes encontrar la línea de ayuda que funciona donde vives.

Dormir, comer y moverte también son parte de tu vida cristiana. Dios te dio un cuerpo y lo cuidas porque es suyo. Y no cargues con esto solo: la esperanza no depende de una técnica; está en Cristo, que se acerca a los quebrantados y no apaga la mecha que aún humea.

No tienes que resolver todo esta noche. Elige a una persona y una frase honesta, y ábrete con ella esta semana. «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu» (Salmo 34:18, RVR1960). ¿A quién le vas a decir la verdad?

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