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La ansiedad no es pecado ni falta de fe

Millones viven con ansiedad y muy pocos reciben ayuda; la Biblia no la trata como una falla espiritual.

Por Daniel Herrera · Respira
· 3 min de lectura
La ansiedad no es pecado ni falta de fe
Foto: Sergey Meshkov / Pexels

Ora otra vez. Deja el celular. Y aun así no duerme. Si eso te suena conocido, respira: la ansiedad no es pecado, y tampoco es la prueba de que tu fe sea débil.

La Organización Mundial de la Salud estima que unos 470 millones de personas viven con un trastorno de ansiedad, cerca del 5.8 % de la población mundial, y que menos de tres de cada diez recibe tratamiento. El estigma, la falta de información y la escasez de especialistas están entre las barreras que el organismo señala. Ninguna de ellas se resuelve con un examen de conciencia más largo.

Tu cuerpo también dice algo

Conviene separar dos cosas que suelen mezclarse en la conversación cristiana. Una es el afán del que habla la Escritura: el corazón que se niega a confiar en Dios y vive tenso por lo que no controla. Otra es un trastorno de ansiedad: una condición de salud donde intervienen el cuerpo, la historia familiar, el entorno, el sueño y el cansancio acumulado. La primera se trabaja con arrepentimiento y fe. La segunda necesita evaluación, acompañamiento y hábitos. Confundirlas hace daño, sobre todo cuando alguien ya lleva semanas sin dormir bien.

«La ansiedad no es pecado, y tampoco es la prueba de que tu fe sea débil.»

— Daniel Herrera

El salmista no se avergonzaba de su propia fábrica: «Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras» (Salmos 139:14, RVR1960). Dios diseñó el sistema que se enciende cuando hay peligro. Que ese sistema se desajuste no te vuelve un creyente de segunda; te recuerda que vives en un mundo roto, con un cuerpo que también se enferma.

Elías durmió antes de hablar

Cuando Elías huyó al desierto, agotado y con miedo, Dios no abrió con un sermón. Le mandó dormir, le dio de comer, lo dejó descansar otra vez y después le habló con una voz apacible. Había visto fuego del cielo y aun así se derrumbó al día siguiente. Nadie le dijo que le faltaba fe.

Ahí está el orden que solemos invertir: primero el cuerpo, el descanso y la comida; después la conversación profunda. Y en medio, gente. No un versículo enviado por chat a la medianoche, sino una persona con nombre que te escuche sin apurarte ni juzgarte.

Hay presión extra cuando vives entre dos culturas: lo que espera tu familia, el trabajo que ayuda en casa, la escuela, y las redes donde todos parecen estar mejor que tú. Casi nadie te enseña a nombrar en voz alta lo que sientes. La iglesia debería ser un lugar donde puedas decir «no estoy bien» sin que te miren raro.

Un paso para esta semana

No intentes resolverlo todo hoy. Empieza por contárselo a alguien de confianza: un adulto que te quiera, tu pastor, un profesional de la salud. Si la ansiedad te quita el sueño, el apetito o el ánimo durante semanas, pide una cita. Eso no es falta de fe; es cuidado.

También ayuda lo básico: horarios de sueño, comida, moverte, y soltar la pantalla antes de acostarte. No son fórmulas mágicas ni méritos que te ganen algo. Son mayordomía de un cuerpo que Dios te prestó. Si no sabes con quién hablar, en findahelpline.com puedes encontrar la línea de ayuda de tu país; en una emergencia, llama a los servicios de emergencia de tu país.

Pablo escribió desde la cárcel: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7, RVR1960). No prometía una vida sin noches largas. Prometía un corazón guardado mientras las atraviesas. Orar y pedir ayuda no compiten.

Entonces, la pregunta incómoda: ¿a quién le vas a contar lo que sientes? Elige un nombre hoy, antes de que se te olvide.

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