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Ansiedad: cómo pedir ayuda sin sentir que fallas

En el Día Mundial de la Salud Mental, la pregunta no es si tienes fe suficiente, sino a quién le cuentas lo que sientes.

Por Daniel Herrera · Respira
· 3 min de lectura
Ansiedad: cómo pedir ayuda sin sentir que fallas
Foto: Tima Miroshnichenko / Pexels

El pecho apretado a las tres de la mañana. El insomnio que ya lleva semanas. Hoy, 10 de octubre, se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, y para muchos jóvenes hispanos pedir ayuda sigue sonando a derrota.

Hablo de dos miedos que se mezclan. Uno dice que si confiaras más en Dios, esto ya se habría ido. El otro dice que contarlo en casa preocuparía a tus papás, y que ellos ya cargan bastante. Ninguno de los dos viene del evangelio.

Fe no es aguantar callado

Tu fe no decide si tu cuerpo se cansa. El ser humano es imagen de Dios, con cuerpo y alma, y esa dignidad no se pierde porque un día no puedas levantarte.

«Pedir ayuda es cuidar la vida que Dios te dio.»

— Daniel Herrera

Vivimos en un mundo roto. En un mundo así, el miedo, la tristeza y la angustia aparecen también en gente que ama a Dios, y eso no la vuelve gente de poca fe.

Tampoco hace falta que decidas si lo tuyo es espiritual, emocional o físico. Nadie te pide un diagnóstico antes de acercarte a Dios, y tampoco antes de buscar ayuda.

La Biblia no esconde nada de eso: el salmista le habla a su propia alma y le pregunta por qué está abatida (véase Salmos 42). Dios no se ofende con quien llega cansado.

«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10, RVR1960).

La iglesia no es una vitrina

En una vitrina todo se ve bien desde afuera y nadie toca nada. La iglesia local es lo contrario: un cuerpo donde unos cargan a otros, no un escenario donde se actúa una vez por semana.

«Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo» (Gálatas 6:2, RVR1960). Ese encargo no es un premio para los fuertes. Es la vida normal de una comunidad que sabe que también ella necesita ayuda.

Pedir ayuda es cuidar la vida que Dios te dio, no rendirte. Es la misma mayordomía con la que cuidas tu salud o tus estudios, y no compite con la oración. La oración no es una fórmula que reemplace el tratamiento, ni la terapia un enemigo de la fe.

Hay una presión extra cuando creces entre dos culturas: parece que tu vida entera es la prueba de que el sacrificio de alguien más valió la pena. Cargar eso en silencio no es fortaleza; es un peso que Dios nunca te pidió que llevaras solo.

Un paso hoy, no un plan perfecto

No necesitas tener el discurso listo ni entender todo lo que sientes. Elige a una persona y dile una frase: «no estoy bien y necesito hablar».

Puede ser un adulto de confianza, tu pastor o un profesional de la salud. Y si hay peligro inmediato, llama a los servicios de emergencia de tu país.

Ese primer mensaje no resuelve todo, pero rompe el silencio, que es donde la angustia se siente más cómoda. Dios es soberano también sobre los meses difíciles, y su gracia suele llegar por medios concretos: una conversación honesta, un tratamiento, una iglesia que no te pide un personaje.

Hoy tienes un paso posible y no tienes que darlo perfecto. Cuéntaselo a alguien de confianza, a tu pastor o a un profesional, y deja que otros carguen contigo un tramo del camino. ¿A quién le vas a escribir antes de que termine el día?

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