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Lo que los premios de música cristiana no pueden medir

Una premiación mide oficio y producción; no mide si una canción te acerca a Cristo.

Por Mateo Ríos · Frecuencia
· 3 min de lectura
Lo que los premios de música cristiana no pueden medir
Foto: Amit Batra / Pexels

El domingo alguien arma la lista de canciones del culto con los premios de música cristiana en la mano. No es un pecado: es una costumbre. Y esa costumbre puede dejarnos cantando mucho y entendiendo poco.

Cuando llega la temporada de premiaciones, todos hablan de los mismos nombres. Yo quiero hablar de otra cosa: de lo que ningún jurado puede medir, aunque tenga buen oído y mejores intenciones.

Un trofeo premia el oficio, no el fruto

Un jurado escucha composición, mezcla, afinación, producción. Evalúa cosas reales y lo hace con criterio. Eso no es vanidad: el trabajo bien hecho honra a Dios, y la música no es la excepción.

«La premiación mide la vitrina; la vida mide el fondo.»

— Mateo Ríos

«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Colosenses 3:23, RVR1960). Ese versículo no está en contra de los premios. Está en contra de trabajar para la gente y llamarlo adoración.

El problema llega después, cuando confundimos el reconocimiento con la aprobación. Un trofeo dice lo que un grupo de personas escuchó durante un año. No dice qué está haciendo Dios en una iglesia que canta esas mismas canciones un martes cualquiera.

Un premio mide oficio; no mide si alguien se arrodilló. Entre un álbum premiado y una canción que tu congregación canta con lágrimas puede haber una distancia enorme. La premiación mide la vitrina; la vida mide el fondo.

Tres filtros antes de darle play

No todo lo que suena bonito alimenta. Puedes escuchar con criterio sin volverte un crítico amargado. Tres preguntas sencillas te ayudan más que cualquier reseña.

Primero, qué dice de Dios. ¿Es verdadero lo que afirma sobre él, sobre el pecado y sobre la gracia? Una melodía puede ser impecable y su letra, un espejo torcido.

Segundo, qué hace en ti. ¿Te lleva a admirar a Cristo o a admirar al artista? ¿Te deja conmovido diez minutos y sin ganas de perdonar a nadie?

Tercero, qué te cuesta. Cantar es fácil; vivir la letra, no. Si la canción habla de rendición y tú sigues negociando con Dios, todavía no ha llegado al lugar correcto.

Pablo escribió algo que aplica directo a tus audífonos: «cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento» (1 Corintios 14:15, RVR1960).

Lo que sí se puede medir

Hay canciones que sobreviven a su propio año. Nadie las nominó y siguen sonando en los cultos una década después. Ese es otro tipo de evaluación: la del pueblo de Dios que las canta, las entiende y las vive.

Cuidado con comprar por vitrina. Escucha el disco completo, lee la letra sin música y después decide. El sello y la portada no sostienen una vida devocional; la verdad sí.

Y no te confundas: la excelencia no pelea con la humildad. Un músico que estudia, practica y cuida su oficio está sirviendo. Lo que ningún premio puede darte es lo que solo la gracia da.

Pregúntate qué canción te acercó a Cristo este año, con premio o sin él. Cántala otra vez, pero con la letra a la vista. Si te llevó a obedecer algo que venías postergando, esa es la mejor señal de que valió la pena.

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