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Música en la iglesia: cantar apunta a Dios, no a ti

El micrófono se enciende y la tentación también: medir el servicio por aplausos, vistas y comentarios.

Por Mateo Ríos · Frecuencia
· 3 min de lectura
Música en la iglesia: cantar apunta a Dios, no a ti
Foto: Prensa oficial de Jonathan Avila

El micrófono se enciende y llega la pregunta incómoda: ¿cantas para que te vean a ti o para que vean a Dios? La música en la iglesia es servicio, no una vitrina.

Después del último acorde viene el silencio, y con él, la tentación. Revisar cuántos aplausos hubo. Ver si el clip juntó vistas. Contar cuánta gente comentó. Nada de eso es pecado por sí solo, pero todo eso puede convertirse en tu juez.

El aplauso no es el examen

Vivimos con el número a la vista. Un video se mide en reproducciones, un cover en «me gusta», un domingo en cuánta gente levantó la mano. El problema aparece cuando ese número empieza a decirte quién eres.

«El aplauso termina. El algoritmo también.»

— Mateo Ríos

Si tu servicio vale por lo que la gente aplaude, tu servicio depende de gente que cambia de opinión.

El aplauso termina. El algoritmo también.

El salmo lo dice sin rodeos: «No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad» (Salmo 115:1, RVR1960). Ese «no a nosotros» es el corazón del asunto. No falsa modestia: saber quién es el dueño de la canción.

Lo que Dios mira cuando cantas

Dios no desprecia el trabajo bien hecho. Ensayar, afinar, cuidar el sonido, llegar temprano: eso también es mayordomía. Lo que Dios mira primero no es la mezcla, sino hacia dónde apunta tu corazón mientras cantas.

Hay diferencia entre cantar bien y cantar para Alguien. Lo primero se logra con práctica. Lo segundo nace de una vida que reconoce a Dios como Señor de todo, también de su voz.

Y hay algo que la iglesia local te da y el escenario no: un pueblo que canta contigo. Una cámara no te conoce, no ora por ti, no te corrige con cariño. Los hermanos sí.

Pablo escribe: «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31, RVR1960). Cantar entra en ese «otra cosa». Sí, también tu último cover.

Sirve donde estás, no solo donde sueñas

Hay quienes suben covers desde su cuarto y sueñan con un escenario grande. Soñar está bien. Trabajar por eso, también. Pero tu valor no depende de la plataforma donde cantas, sino de Aquel a quien le cantas.

Dios es soberano sobre las puertas que se abren y las que se cierran. Un «no» de una disquera no es un veredicto sobre tu vida; un «sí» tampoco te vuelve más espiritual. Ni el anonimato te hace humilde ni la fama te hace sabio. Lo que importa es servir donde estás hoy: en el coro de tu iglesia, en el ensayo del martes, en la reunión donde nadie está grabando.

Tu voz es un regalo recibido, no un logro conquistado. Y se disfruta más cuando se usa para lo que fue dada.

Antes de publicar hoy, hazte una pregunta sencilla: ¿a quién apunta tu último post? Si la respuesta te incomoda, no te castigues. Agradece la gracia, corrige el rumbo y vuelve a cantar. Dios sigue siendo digno, aunque nadie aplauda.

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