Los villanos de la Biblia: por qué Dios no los borró
La Escritura deja a sus peores personajes a la vista, y esa honestidad es la que hace brillar la gracia.
David, con filtro de hoy, no pasaría el examen de ninguna iglesia. Y la Escritura lo llama un varón conforme al corazón de Dios (véase 1 Samuel 13:14). Los villanos de la Biblia no siguen ahí por descuido.
El libro que no maquilla a nadie
Piensa en cómo armamos un perfil. Elegimos la mejor foto, el ángulo que disimula, la frase que suena bien. La Biblia trabaja al revés: no publica el mejor lado de sus personajes, publica el expediente completo.
Noé se emborrachó. Abraham mintió sobre su esposa. Jacob estafó a su hermano. Moisés mató a un egipcio. David adulteró y mandó matar. Pedro negó a Jesús tres veces. Pablo persiguió a cristianos antes de escribir cartas que hoy leemos en voz alta.
«Dios no necesita héroes limpios para contar su historia.»
Ninguno de esos datos está escondido. Están en el texto, a la vista, sin editor que los borre. Eso me dice algo de Dios: no necesita héroes limpios para contar su historia. Trabaja con pecadores, y no por accidente.
Si la Escritura escondiera esas manchas, la gracia sería un adorno. Al dejarlas, la gracia se vuelve el tema.
Juzgar de lejos sale barato
Es fácil condenar a alguien en 280 caracteres. En una pantalla todos somos jueces con toga prestada. Dentro de la iglesia pasa algo parecido: reducimos a una persona a su peor decisión y dejamos de verla como alguien por quien Cristo murió.
Me incluyo. Leer un titular y tener el veredicto listo es demasiado fácil. También es fácil que otros hagan lo mismo contigo.
Aquí está el freno. Empatía no es absolver el pecado. Entender a alguien no significa llamar bueno lo que Dios llama malo. Significa recordar que la misma gracia que me alcanzó puede alcanzarlo a él.
Pablo lo escribió sin rodeos: «Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero» (1 Timoteo 1:15, RVR1960).
Fíjate en las últimas palabras: el primero. Pablo no se compara con nadie; se pone él mismo al frente de la lista. Si el apóstol se pone ahí, ¿con qué cara me pongo yo en la fila de los limpios?
La gracia que resalta sobre el desastre
Hay una línea en Romanos que me desarma cada vez que la leo: «mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia» (Romanos 5:20, RVR1960).
No dice que el pecado deje de importar. Dice que no tiene la última palabra. La cruz no premia a los ordenados; rescata a los perdidos. Y eso incluye a los que hoy nadie quiere mencionar. Me incluye a mí.
Por eso Dios no los borró. Los dejó ahí como espejos. Cuando leo a David, no veo un ídolo; veo a un hombre que necesitaba misericordia tanto como yo. Cuando leo a Pedro, veo a alguien que falló y volvió. La Biblia no los limpia. Los deja tal como fueron, y así me deja a mí.
Entonces vuelve la pregunta. ¿A quién ya diste por perdido? Puede ser un compañero de clase, un primo, alguien que te bloqueó, alguien que se fue de la iglesia y no piensas buscar.
Esta semana escribe ese nombre en una nota del celular. Ora por esa persona, aunque no sientas ganas. Si se abre la puerta, háblale sin sermón. La gracia que te sostiene es la misma que puede sostenerlo.